jueves, 15 de marzo de 2018

LOS DIOSES ETERNOS (Segunda Parte y ultima..ojalá)


Tardé al menos 60 días en escribir esto, aunque lo tenía dando vueltas en la cabeza por meses, no hubo ocasión de poder sentarme en la fogata al sabor del ron pirata para relatar lo siguiente:

Recordemos la caverna prehistórica del relato anterior: el ser humano en busca de protección y unos seres respondiendo a esa suplica. Pues bien, he aquí la historia de uno de ellos, o la ficción.

En el Egipto Antiguo, allá por el año 3000 AC, apareció el culto a Isis, la diosa madre de los egipcios obviamente. Con el paso de los años este culto local acaparó la atención de todo el territorio gobernado por el rey egipcio (el Faraón), no solo en el espacio sino también en el tiempo. Este culto perduró miles de años, traspasó fronteras hacia Grecia y el Mediterráneo, y se expandió a todo el Imperio Romano cuando los conquistadores llegaron a esas tierras (aprox. 30 AC). La Diosa Madre protectora, fecundadora, luchadora: Isis, era representada en ciertas estatuas en sus templos amamantando o sujetando en el regazo a su hijo-dios Horus. Porque no había culto a Isis sin tomar en cuenta a su hijo Horus, nacido póstumamente al padre Osiris un dios inmaterial. Por siglos, el culto a la diosa madre fue universal. Muchos templos de Isis en Europa fueron usados como base de construcción de templos cristianos católicos y cómo no imaginarlo, su culto y tradiciones también tuvieron alguna influencia en el dogma católico romano, hasta nuestros días.

Hay quien dice que el culto a Nuestra Señora de Notre Dame (Paris) se inició con la construcción de la catedral sobre un templo dedicado a Júpiter para contrarrestar el fuerte apego a Isis, arraigada en ese entonces en todo el territorio romano como diosa madre. De ahí se propagó la idea por España, Francia, Alemania, etc. Es que, madre tenemos todos.

Octubre de 1493, 12 carabelas y 5 naos españolas surcan raudas las aguas atlánticas llevando 1500 hombres ansiosos de sueños de riqueza, de conquista y colonización de las nuevas tierras descubiertas un año antes. Esta vez el viaje no sería con miedo.

En una oscura cabina de las naves, mientras la mar se agitaba en la noche, rezaba un grupo de clérigos que viajaban al Nuevo Mundo al mando de Fray Bernardo Boyl, un antiguo sacerdote ermitaño del Monasterio de Montserrat, asiento de la Virgen morena. Lo acompaña Fray Ramón Pané de la Orden de los Jerónimos, del monasterio de la Virgen de Guadalupe en Extremadura (otra virgen morena). Bernardo Boyl tenía un permiso del papa Alejandro VI  para erigir iglesias, predicar y aplicar penitencias y realizar acciones para evangelizar a los naturales de las tierras a conquistar. Ambos llevaban en su equipaje dos escapularios de la Virgen María. Y en medio de la oscuridad  de un rincón del barco extendiendo su manto a los marineros, la madre protectora: la virgen morena.

María de Montserrat, el santuario español de la virgen morena. Según la leyenda, la primera imagen de la Virgen de Montserrat la encontraron unos niños pastores en el 880. Tras ver una luz en la montaña, los niños encontraron la imagen de la Virgen en el interior de una cueva. Al enterarse de la noticia el obispo del pueblo, intentó trasladar la imagen hasta la ciudad de Manresa pero el traslado fue imposible ya que la estatua pesaba demasiado. El obispo lo interpretó como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar en el que se la había encontrado y ordenó la construcción de la ermita de Santa María, origen del actual monasterio.
Foto: De Misburg 2014 - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0.
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María de Extremadura (España), la Virgen de Guadalupe. En el siglo XIII, se le apareció la Virgen a un vaquero de la provincia de Cáceres (Extremadura, España) llamado Gil Cordero junto al castillo de Alía y le dijo que existía una escultura de ella junto al río Guadalupe. Cuando Gil Cordero se encontraba cerca de ese río se le perdió una vaca. Posteriormente, la encontró muerta. Fue a desollarla para aprovechar su piel y antes, como era costumbre, le hizo una señal en forma de cruz en el vientre. Entonces, la vaca resucitó y se levantó. Entonces Cordero se preguntó si ese sería el lugar indicado por la Virgen que se le apareció junto al castillo de Alía. Excavó y, a un metro de profundidad, encontró la caja con la Virgen en su interior.​ Agolpó piedras e hizo una cabaña, donde depositó a la Virgen. Posteriormente, fue a la iglesia de Cáceres, donde informó al clérigo de mayor responsabilidad de su hallazgo y del deseo de la Virgen de recibir culto en ese lugar. No obstante, el clérigo no le creyó. Posteriormente, llegó a su casa y encontró a su hijo muerto y rezó para que la Virgen lo devolviese a la vida y, de esta forma, todos creyeran en su historia milagrosa. Cuando los clérigos se dispusieron a oficiar el entierro el hijo volvió a la vida, se levantó y dijo que una mujer le había ayudado a levantarse. Entonces los clérigos creyeron y fueron juntos, con gente de la ciudad, en peregrinación a aquel sitio. Cuando descubrieron la cabaña, acordaron construir una ermita, después de ello y muchos milagros de por medio la Virgen de Guadalupe, se volvió en la Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad. 

Su fiesta el 8 de septiembre, aniversario de la aparición de la imagen al pastor.​ Sobre el sitio del humilde eremitorio se levantó una iglesia pequeña en los primeros años del siglo XIV; fue el edificio que conoció el rey Alfonso XI en 1330. El rey mandó agrandarlo y ampliarlo para que se trasformara en un templo digno de la devoción de la Virgen de Guadalupe, con el añadido de hospitales para los numerosos peregrinos que allí acudían.

El 6 de enero de 1494, día de la fundación del primer asentamiento español en América: La Isabela. En esa fecha, después de la primera misa católica en suelo americano oficiada por Fray Boyl, la Virgen María posó sus pies en el Nuevo Mundo, un nuevo mundo moreno como ella.

Desde épocas prehispánicas existía un templo de adoración masiva del pueblo azteca a Toci-Tonantzin en el Tepeyac, cerca de la Ciudad de México. Es que también los aztecas habían tenido madre. Dicho templo fue destruido durante la Conquista de México. Sin embargo, los monjes franciscanos mantuvieron una pequeña capilla en este lugar. Fray ​ Bernardino de Sahagún (1540-1585) describe el culto a la diosa madre azteca asi: "...uno de estos está en México, donde está un montecillo que llaman Tepeacac y que los españoles llaman Tepequilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que ellos llaman Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios en honra de esta diosa, y venían a ella de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas las comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días y todos decían 'vamos a la fiesta de Tonantzin'; y ahora que está ahí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, tomando ocasión de los predicadores que también la llaman Tonantzin. ...y vienen ahora a visitar a esta Tonantzin de muy lejos, tan lejos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin como antiguamente".

Por consiguiente, nuestra virgen morena en uno de sus paseos por el nuevo mundo, llega a la colina del Tepeyac en México y luego de una conversación "seria" con Tonantzin, se apareció en cuatro ocasiones al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin (hoy Santo), y una quinta ocasión a Juan Bernardino, tío de Juan Diego. El relato guadalupano conocido en lengua azteca como Nicanmopohua narra que tras la primera aparición, la Virgen ordenó a Juan Diego que se presentara ante el obispo de México, Juan de Zumárraga. Juan Diego en la última aparición de la Virgen, y por orden de ésta, llevó en su ayate unas flores que cortó en el Tepeyac. Juan Diego desplegó su ayate ante el obispo Juan de Zumárraga, dejando al descubierto la imagen de la Virgen María, morena y con rasgos mestizos igual a los aztecas. En el viejo templo de Tonantzin, madre morena protectora de los aztecas y pueblos mesoamericanos, algo se remeció y se construyó el nuevo templo cristiano a la madre protectora que vino del otro lado del mar. Así nació María de Guadalupe, Patrona y Madre Protectora de México y de millones de latinoamericanos en el mundo.

Vamos al sur de América, en el lago navegable más alto del mundo y cuna de la civilización andina (tiahuanacotas, aymaras, incas, etc): el lago Titicaca. María de Copacabana, virgen morena, tuvo su asiento en la basílica del mismo nombre. Allí ya existía un santuario especial en la orilla este en la bahía de Copacabana. Este santuario estaba dedicado a una diosa de fertilidad de los nativos. Dicen por ahí que se representaba en una imagen de color negro. También se veneraba al dios del lago y a ciertas deidades menores como sirenas. Lo cierto es que para frenar las peleas entre Urinsayas y Anasayas, la madre protectora, la madre morena ante la inoperancia del dios del lago o la diosa de la fertilidad andina, intercedió con su presencia, a través de un personaje humilde, del pueblo pero con mucha fé apoyado por un fraile y la congregación que atendía en ese entonces la pequeña capilla del lugar. La Virgen de Copacabana es en la actualidad la madre protectora del territorio andino y mas allá de las fronteras bolivianas su devoción llega hasta Brasil, Argentina y Chile, igual que antes.

No todo fue miel y felicidad para la madre protectora antigua, la madre morena que recorrió el mundo entero por los siglos de los siglos acompañando y protegiendo a la humanidad, apareciéndose a la gente humilde y pobre (pastores en especial). Esa madre que nos acompañó y protegió desde la cueva húmeda y oscura hace miles de años cuando nuestra humanidad descubrió que no podía sobrevivir sola, sin aquellos Dioses Eternos, se encontró que durante la extirpación de idolatrías que protagonizaron los sacerdotes católicos coloniales enviados para evangelizar a los originarios americanos (y nos imaginamos a todos los originarios de todas las tierras del Nuevo Mundo, Europa, Africa, Asia y Oceanía), muchos de ellos hallaron tras los altares cristianos, estatuillas de divinidades emparedadas por orden de sacerdotes o amautas nativos, para proseguir el culto antiguo tras la apariencia de nuevas divinidades cristianas. 

Y esto ocurrió al menos por dos generaciones desde el inicio hasta la consolidación del sincretismo, hasta que el olvido al culto antiguo de la madre protectora fue reemplazado por la esperanza y el amor de la nueva Madre Protectora, la Virgen María. Aquella imagen  que guardo en casa, la Virgen de Urkupiña (Cochabamba), aparecida a unos pastorcitos (para variar) y a quien rezo (junto a miles de feligreses) en busca de protección.