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domingo, 13 de septiembre de 2020

HEROES DE COCHABAMBA

"Brilla el sol de Septiembre radiante,.... reflejando la Gloria Inmortal, del Gran Pueblo que firme y constante, fue el primero en la lucha marcial...". Así empieza el Himno a Cochabamba. Aquella canción cívica, que todos los que nacimos y vivimos en esta tierra, la cantamos en el aniversario del Alzamiento del 14 de Septiembre de 1810. En recuerdo de aquellos acontecimientos ocurridos en esta fecha, todos los años a las 7:00am las autoridades civiles y militares de la ciudad se reúnen en la Plaza Principal y realizan homenajes por la gesta patriótica acaecida hace 210 años atrás. 

Estuve tentado a relatar una biografía patriótica de don Francisco del Rivero, Coronel de Ejército y líder principal del Alzamiento; o de don Esteban Arze, Coronel del Ejército de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Podría ser la del alférez don Melchor Guzmán Quitón y sus hermanos, y también de don Juan Bautista Oquendo, y muchos más. Sin embargo, ya muchas cosas se dijeron de ellos y escribir biografías es una tarea extensa. Bueno, escribí algo en 1986 para un concurso municipal, mientras estuve cursando el 4to Medio en el Colegio La Salle de Cochabamba. Entonces, al estudiar la biografía de don Esteban Arze me llenaba de sorpresa el cómo, unos actos aparentemente pequeños al inicio y con gente como nosotros, se generó una ola devastadora que acabó con la expulsión española de América. 

Hoy, quiero que sea diferente, vamos a los hechos. Pero comprender lo que sucedió en esos días (hace 210 años atrás), no sólo los actos públicos, sino también lo que pensaban las personas, los lideres, el cómo usaron las costumbres locales y cómo al final lograron levantar a toda la población, requiere de mucho tiempo, estudio y no poca imaginación. Sin embargo, se puede empezar con imaginar, y es posible hacerlo sin mucho esfuerzo, usando como ayuda los relatos de don Nataniel Aguirre en su novela "Juan de la Rosa, memorias del último soldado de la Independencia". Allí se narran los hechos ocurridos aquél viernes 14 de septiembre de 1810 cuyo testigo presencial fue el pequeño Juan. Así, en este relato histórico o no, todos podemos revivir con nuestra imaginación aquello que se vivió en esa lejana mañana septembrina que sirvió para avivar el fuego del largo y sangriento proceso por la independencia de nuestro país.

"Al rayar el alba de aquel día, de imperecedera memoria para los hijos de Cochabamba, mi madre había salido a entregar una labor urgente en el pueblecillo de La Recoleta, dejándome todavía dormido y encomendado a los cuidados de María Francisca que, al mismo tiempo, debía encargarse de la cocina. Cuando me desperté, oí algunos tiros lejanos de fusil y de mosquete, y, un poco después toques de rebato en la elevada torre de La Matriz, contestados casi al punto de la gran campana de San Francisco y por todas las de los otros muchos campanarios de las iglesias. Me vestí precipitadamente, corrí a la puerta... qué tumulto había por el lado de la plaza! Grupos de numerosos hombres y mujeres corrían en aquella dirección, gritando: - Viva Fernando VII!, mueran los chapetones!."

Como todos los días, ese 14, la pequeña ciudad desperezaba su modorra con los primeros rayos del sol. Los jacarandaes en flor anunciaban la llegada de la primavera y tiñeron de morado la campiña cochabambina. Ya había pasado el frío invierno y las puertas y ventanas de las casas se abrían de par en par, en busca de sol y aire fresco que llega del norte, de las montañas del Tunari. Dentro las viviendas de la villa empezaba el afanoso trajín de barrer patios y habitaciones y preparar los alimentos del día. Desde las alturas se divisaban las columnas de humo de las cocinas que empezaban a calentar la comida. Como todos los días, al amanecer la gente se apresuraba por ir al mercado a comprar todas las verduras y frutas frescas que entregaba generoso el valle de Canata. Los niños cargando los puñus de barro corrían a buscar agua a las piletas públicas. Otras personas irían apresuradamente a oír misa a la iglesia, más de uno se alistaría para ir a revisar sus cosechas, otros se dispondrían a arreglar sus carretas para viajar a otra provincia. Tal vez, y porque no, algunos se estarían recogiendo de una larga noche de chichería. Los patricios criollos y españoles avecindados en Cochabamba se alistarían para ir al Cabildo a anoticiarse de lo que sucedía en las colonias y en la península con Napoleón y Fernando VII. El Gobernador Intendente Gonzales de Prada, vestido de uniforme militar se dirige al regimiento a pasar la revista diaria. En fin, un día más en la vida apacible y tranquila de la Noble Villa de Oropesa.

Pero, esta vez había algo diferente. Septiembre es época de vientos renovadores en el valle, y esa mañana un nuevo aire llegaba desde las montañas. La noche que precedió a aquel día fue más activa que de costumbre. Algunos cochabambinos no durmieron, sino se ocuparon de tocar puertas con un tipo de señal secreta y de hacer reuniones organizando lo que habría de suceder en la mañana. Recorriendo las calles ocultos en las sombras de la ciudad, de un lado para otro entregaban mensajes. Es posible también que, aprovechando la oscuridad de la noche, varios jinetes desconocidos hayan partido rápidamente llevando esos mensajes cifrados hacia las otras villa de esta región: "Será hoy...". Más de uno estaría nervioso, otros rezarían con sus familias pidiendo protección a Dios. Algunos enviarían, sigilosos, a sus familias a las haciendas afuera de la ciudad. Todos éstos, muy pronto serán los Héroes de Cochabamba. Al final, como todo en la vida, a ambos grupos los reunirá el amanecer del 14 de septiembre de 1810. 


Vestidos con su mejor traje, empuñando alguna espada familiar y montados en sus caballos, con las primeras luces del día, según lo acordado, los héroes cochabambinos salieron gritando por las calles, llamando a la gente a la rebelión. Como en coordinado plan, los mercados dejaron de vender sus productos y las mujeres del pueblo se arremolinaron en la plaza, los herreros dejaron de fundir rejas y arados, sacaron desde lo más escondido de sus fraguas sus preparados moldes de puntas lanceoladas y empezaron a fundir las armas de la libertad. Los niños dejaron sus cántaros en las fuentes y engrosaron la tropa del pueblo en la Plaza de Armas. Desde el sur de la ciudad, desde el camino del valle de Cliza, una tropa de 1000 hombres invadió las calles de la Villa, rumbo al cuartel del regimiento español. Venían de todas partes: de Caraza, de Queru Queru, de Sacaba, de Quillacollo. Toda la gente de la villa, reunida a las puertas del Cabildo, reclamando las armas del regimiento, la cabeza del Alcalde y del Gobernador españoles.

Son las 6:30 o 7:00 de la mañana, ante el ruido en la calle, Juanito sale intempestivamente rumbo a la plaza: "Llegamos  a la esquina de la Matriz. La multitud llenaba ya casi toda la plaza y seguía fluyendo por todas las calles; formaba oleadas, corrientes, remolinos notándose solamente alguna fijeza en las columnas de milicianos y de una extraña tropa, a pie y a caballo, de robustos y colosales campesinos del valle de Cliza. Los infantes de esta tropa tenían monteras de cuero más o menos bordadas de lentejuelas, los ponchos terciados sobre el hombro izquierdo, arremangados los calzones y calzados los pies de ojotas. Pocos fusiles y mosquetes brillaban al sol entre sus filas, siendo la generalidad de sus armas, hondas y gruesos garrotes llamados macanas. Un grupo bullicioso de mujeres de la recova discurría por allí repartiéndoles, además, cuchillos, dagas y machetes que ellos se apresuraban a arrebatarles de las manos. Los jinetes mejor vestidos y equipados, muchos con sombreros blancos y amarillos de fina lana, ponchos de colores vistosos, polainas, rusos y espuelas, cabalgaban yeguas, rocines y jacos, armados muy pocos de lanza o sable y la mayor parte de grandes palos con cuchillos afianzados de cualquier modo en la punta... A su cabeza se distinguía un grupo numeroso de hacendados criollos, en hermosos y relucientes potros que lucían arneses con profundos enchapados de plata. Comandaban las tropas don Esteban Arze y el joven don Melchor Guzmán Quitón.” El Alzamiento de Cochabamba había empezado.

Ocurre que en esos años de 1809 y 1810 en el Reino de España, el Rey Fernando VII había abdicado su trono en favor de José Bonaparte, hermano de Napoleón. Este último, en su afán de construir un gran imperio en Europa había invadido la península ibérica, obligando a los monarcas españoles a irse para su casa. Obviamente se organizó allá una guerra y, aquí en las "colonias", la situación no era tan diferente. Aquel hecho había sido el detonante para el levantamiento de aquellos criollos que ya se habían colmado de los abusos peninsulares: los altos impuestos reales, la corrupción de los oidores y oficiales reales, los monopolios comerciales que impedían el desarrollo económico de estas regiones, y todo aquello que convertía a estos señores nacidos en estas tierras en ciudadanos de segunda clase. Aunque tal vez por allí algunos iban sinceramente a favor de los indígenas (considerados ciudadanos de tercera clase), lo cierto es que en aquellos años el vaso colonial había rebalsado. "La independencia de las colonias americanas en general, debe ser apreciada en su real magnitud como un capitulo de lucha a escala universal  por los derechos humanos, la justicia social y la construcción de la modernidad" (Pablo Guadarrama Gonzales, Cuba 2010). Vaya capítulo de lucha, tan largo que ha durado más de 200 años, y aun contando.

Sumado a lo mencionado, debemos tener en cuenta que: la igualdad y los derechos, el libre pensamiento y la libertad de autodeterminación se convirtieron en un terrible flagelo de tiranías y dictaduras. Aquellos criollos habían tenido oportunidad de estudiar en las universidades europeas e influidos por aquellos pensadores y filósofos de la Ilustración Europea, no tardaron en hacer suyas esas ideas y, a partir de ellas, iniciar la corriente independentista americana. El "Contrato Social" de Rousseau, viajaba por estas tierras con tapas de devocionarios de San Basilio. Para qué negar, jugaron bien sus cartas, aprovechando la oportunidad política del reino, seguramente se comunicaban en secreto entre todos y hacían circular pasquines, proclamas y libros de libertad en la oscuridad de la noche y dentro de las bolsas de maíz y papa y productos comerciales. 

Estratégicamente y al principio, como buenos ciudadanos españoles se rechazaron a los franceses pidiendo el retorno del rey Fernando VII a su trono. Una vez consolidados los movimientos de insurrección, y puestas las fichas en el tablero, la libertad y la independencia fueron las banderas que se enarbolaron en todos los campos de batalla. A decir de Fray Justo al pequeño Juan, un día después del alzamiento: "En cada uno de los centros de población de estos vastísimos  dominios, hay ya un pequeño grupo  de hombres que así lo han resuelto y lo conseguirán. Hoy no los comprende todavía la multitud, y se sirven por eso de algún pretexto, para arrastrar a aquella a un fin gloriosísimo, de un modo que no choque a ideas inveteradas en la larga noche de tres siglos. ...Esos vivas que oyes a Fernando VII están diciendo a los oídos  de la mayor parte de los hombres del cabildo: ¡Abajo el Rey! ¡Arriba el pueblo!".

Creo que así fue como se armó toda esta historia: de pronto una idea de libertad surgió en la mente de alguien, la cual fue comunicada a oscuras a otros como él, pronto armaron grupos y, en alguna madrugada concertada, ya estaban levantando armas, palos y gentes en las plazas de cada pueblo. Con meses de diferencia, al terminar el año 1810, todas las colonias españolas en este continente se habían sublevado. 

El primer levantamiento americano fue el 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca, la antorcha quedó encendida por Murillo en La Paz el 16 de julio de ese año. Quito el 10 de agosto de 1809. Les siguieron Caracas en abril de 1810,  Buenos Aires en mayo de 1810 y Bogotá en julio de 1810. "La cadena de vil servidumbre, Cochabamba esforzada rompió" ese viernes de septiembre de 1810. México se alzó a gritos el 16 de septiembre de 1810, Santiago del Nuevo Extremo el 18 de septiembre de ese año. Para diciembre de 1810, la llama de la Libertad incendió toda América y poco a poco, aunque con mucho sacrificio de sangre y recursos, los países ganaron su libertad. Bolivia sufrió el más largo enfrentamiento y 15 años después del grito de Chuquisaca, logró la independencia definitiva de España. 

Hasta nuestros días, 210 años han pasado desde las guerras por la independencia, pero aún queda escurridiza nuestra libertad total y completa: "El hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado" (J.J. Rousseau, 1762). En estos días más que nunca, parece que toca a nosotros romper definitivamente las cadenas que aún atan nuestro espíritu y mente a esa imperecedera Oscuridad que nos acosa desde el inicio de los tiempos. Pero, esta vez tenemos un arma, el ejemplo de los bravos y valerosos de septiembre de 1810. Hoy, nuestros esfuerzos deben concentrarse en buscar aquellos ideales que inspiraron a miles de hombres a alzar sus voces al cielo, resonando en un solo grito aquella esquiva palabra: Libertad. Aquella por la que nuestros héroes derramaron su sangre y vencieron sin temor al enemigo. Esos ideales, habrá que nuevamente ponerlos en nuestros estandartes para vencer definitivamente a esa Oscuridad que hasta ahora no nos quiere soltar.

"Hoy 14 de septiembre, Cochabamba está haciendo los que ves, y lo hace con tal resolución y nobleza que parece asegurar un triunfo definitivo". 

Este mes de libertad, es cuando los jacarandaes florecen, y tiñen de morado las calles y parques de la ciudad de Cochabamba. Ese manto morado es señal primaveral de que el tiempo de frío ya se fue.


Referencias: ("Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia", novela escrita por Nataniel Aguirre en 1885. Aunque alguien dijo lo contrario, no importa nada más que su contenido).

jueves, 2 de julio de 2020

CURIMAYO Y TOPA, los Primeros Gobernadores de Cochabamba

En el año 1556 en el Asiento de Canata del Valle de Cochabamba, jurisdicción del Cabildo de la Villa de Oropeza (hoy Cochabamba), se registró un litigio entre el curaca de Paria (Oruro), don Hernando Asacalla y los indios Sipesipe por entonces habitantes de los valles de Cochabamba. El testimonio fue presentado por el escribano español don Pedro de Gálvez (escribano del cabildo de la Villa de Oropeza) y juzgado por los visitadores: Juan González, Francisco de Saavedra y Diego Núñez de Bazán.

El proceso judicial surgió a raíz del reparto de ciertas tierras a los encomenderos españoles Juan Polo de Ondegardo y Rodrigo de Orellana dejando de lado a los curacas de Paria (Oruro) que tenían asentamiento en el valle. El curaca de Paria expresaba su disconformidad con esta distribución basándose en los repartimientos de tierras o suyos que hiciera el Inca Huayna Capac al pasar por este sector del Collasuyu, años atrás en un viaje de inspección a todo su imperio llegando hasta el valle de Santiago de Chile. Pues bien, quién era ese tal Huayna Capac que conquistaba y distribuía las tierras?.

Durante miles de años, diríamos unos 13.000, la cordillera de los Andes albergó, en sucesión: clanes de cazadores, tribus de agricultores, comunidades agropastoriles y muchas culturas que en sucesivo turno intentaron poblar y dominar ese amplio y diverso territorio. Los Andes, es un conjunto de muchas montañas tan altas como de 7.000m y que encierran cientos de valles fértiles y un altiplano inmenso. La gran cantidad de energía que representa esa cordillera de 8.500Km de longitud doblega a todos quienes la visitan.

Pienso que la sucesión cultural de esos miles de años originó, en su conjunto, una Gran Civilización Andina y cuyos conocimientos de agricultura, ingeniería, arquitectura, religión fueron sucesivamente heredados entre tales grupos culturales. La culminación de tal desarrollo es, para mí, el Imperio Incaico o Imperio del Tahuantinsuyo (en quechua: Tawantin suyu, las cuatro regiones o territorios): Chinchasuyo al norte, Cuntisuyo al oeste, Collasuyo al sur y Antisuyo al este, todos en relación al Cuzco. A la llegada de los españoles en 1533 a las costas peruanas, el Incaico fue el imperio dominante en Sudamérica. 

Este imperio nació como consecuencia de exitosas estrategias políticas y militares adoptadas por un pequeño curacazgo asentado en el valle del Cuzco (Perú), el cual, en un lapso de aproximadamente 300 años su dominación territorial abarcó cerca de dos millones de kilómetros cuadrados entre el océano Pacífico al oeste y la selva amazónica al este, desde las cercanías de Pasto (Colombia) al norte hasta el río Maule (Chile) al sur.

El onceavo rey del Tahuantinsuyo (hijo de Túpac Yupanqui) se llamó Huayna Cápac (Mancebo Poderoso), ascendió al trono Incaico a sus 26 años y gobernó por espacio de 30 años aproximadamente. Este fue un Inca poderoso, sus hazañas de conquista son tan importantes como las de sus dos antepasados: Túpac Yupanqui y Pachacutec, conocidos como los forjadores del Imperio Incaico. 

Entre sus hazañas más notables se encuentra la expansión del Imperio en sus límites sur y oeste, Chile y Bolivia actual y respectivamente, llegando a duplicar lo conseguido por sus antepasados. Al sur del continente llegó con sus ejércitos hasta el mismo valle de Santiago y al oeste hasta el valle de Qochapampa (llanura de lagunas), hoy Cochabamba. En ambos sitios dejó mitimaes y una gobernación que se encargaría de los asuntos administrativos del Imperio en esas zonas.

Entre otras, dos fueron las estrategias más usadas por los Incas para someter tanto territorio en tan poco tiempo. La primera, y más obvia, la militar. La segunda, mas "pacifica", consistía en el traslado de grandes grupos humanos denominados mitimaes desde territorios leales a territorios recientemente conquistados que generaba, a su vez, el desplazamiento de grupos recién conquistados y no leales a otros territorios. Una vez asentados todos en sus sitios y puestos un par de gobernadores del territorio a la cabeza, iniciaban la producción agrícola del maíz, la papa etc. y, la ganadera de llamas, alpacas y vicuñas para sustento del Inca (la familia gobernante mas propiamente hablando) y del Imperio. Por su parte, la estrategia militar tuvo su base en la conformación de un ejército numeroso y aguerrido conformado, en principio, por los hombres de las primeras comunidades y curacazgos que vivían en los valles alrededor del Cuzco, para posteriormente reclutar guerreros de los nuevos territorios anexados. A parte de la gestión de mitimaes, la sujeción de los territorios se materializó con el uso de una tercera estrategia política, muy eficaz como antigua en Los Andes: la reciprocidad. Esta estrategia, muy usual entre las comunidades andinas ha perdurado hasta hoy. A través de esa reciprocidad se formó el Imperio porque era fuente de recursos, guerreros y mitimaes. (18/02/2024: aquí tengo un comentario a la luz de los cinco principales mecanismos de gobernabilidad y poder en las comunidades andinas: la reciprocidad, los mitimaes, la conquista militar, la dualidad y el feudalismo, lo veremos en detalle en otra entrada).

La jerarquía de mando del Tahuantinsuyo era muy rígida y vertical, pues el denominado Sapa Inca era quien tomaba las decisiones, secundado por los cuatro suyuyoc-apu (jefes de cada uno de los cuatro suyos) que residían en la capital Cuzco. Otros consejeros asesoraban al Sapa Inca en materia judicial, militar o religiosa, además de un grupo de funcionarios que, en su calidad de veedores generales del Incario, se desplazaban por todo el imperio informando al Sapa Inca de cuanto sucedía (todos en su mayoría de la misma familia real). 

Cada suyo estaba dividido en provincias o huamani, cuyos límites coincidían a menudo con las fronteras étnico-políticas preincaicas y eran encabezados por los apo o jefes. Las huamani se descomponían a su vez en sectores o sayas al frente de las cuales estaban los tocricoc o gobernadores. Por último, las sayas se constituían a partir de un número variable de ayllus, el núcleo social básico andino de unas 100 familias, donde la autoridad era ejercida por los curacas. Estos ayllus, poseían tierras comunales que eran trabajadas por todos sus integrantes. Las familias tenían, asimismo, una porción de tierra (tupu), para satisfacer sus necesidades. A partir del dominio incaico, los ayllus debieron cultivar tierras para el Sol y para el Inca.

El tucuiricuc, tucuyricuy ó tocricoc (en quechua: tucuy rikuq, "el que todo lo ve"), era un funcionario especial de alto rango. Era enviado por el Inca a las huamanis (provincias) para observar el cumplimiento de los mandatos imperiales. 

Alrededor del año 1510, casi 23 años antes de la llegada de los españoles al Perú, Huayna Capac, sus ejércitos y mitimaes, unos 20.000, llegaron al Valle de Qochapampa. En este lugar vivían asentadas y en paz algunas comunidades pertenecientes a la nación Charca, expandida en casi todo el suroeste del Collasuyo (hoy Bolivia). Como ellos eran tan buenos guerreros como agricultores, es posible que se hayan opuesto a la dominación incaica y, estoy seguro que hubieron algunas batallas por ahí para impedir la invasión cuzqueña. El hecho es que, al final, y rendidos al poder incaico, esas poblaciones cochabambinas de "buenos guerreros" fueron desplazadas de su territorio originario a los nuevos límites con los territorios de las tierras bajas, dominadas por las tribus selváticas de los chiriguanos, doscientos kilómetros más al oeste.

Con esta acción desapareció la población originaria del valle de Cochabamba, y se instaló la población mitimae traída del Altiplano, de Ecuador, de Perú y Chile (obviamente no existían esos países en esa época, solo  se mencionan para situar al lector en un espacio geográfico conocido).

El Repartimiento de las tierras de Cochabamba (en Bolivia), hecho por el Inca Huayna Capac a los indios mitimaes: canas, carangas, collas, quillacas, soras, y otros traídos a este fin, eran cuatro "chácaras" fértiles y bien regadas. Estas comprendían vastos terrenos de cultivo entre los ríos Condorcillo (hoy Rocha) y Vilaoma (Viloma), desde Puntiti (Sacaba) y Tapacarí. El Sapa Inca en persona hizo una detallada repartición de tierras entre los miembros de su séquito dejando a los 14.000 "mitimaes de muchas naciones de indios", agrupándolos por afinidad cultural para que trabajasen y beneficiasen las ricas tierras en provecho de la economía redistributiva del Imperio.

Volviendo al juicio de 1556, los jueces preguntaron a los testigos, curacas indios importantes que vivían en el valle, y ellos respondieron asi:
" ... Preguntados (los testigos) que antes que los indios soras entrasen a este valle y los charcas y tocpas y demás indios que al presente están en ellos, de qué indios estaban poblados estos valles: dijeron que de indios chuyas y cotas, de los que están ahora en Pocona .. ".
" ... Fueles preguntado que por qué el dicho Huayna Capac no dio algunas: tierras a los dichos chuyes y cotas, pues eran naturales; dijeron que por ser hombres buenos para la guerra los pasó allí (Pocona y Pojo) y no les dio tierras en estos valles ... ".
". . . Fueles preguntado que si los echó por guerra o de paz, o por qué causa; dijeron que los mandó que dejasen este valle y se pasasen a las fronteras de los indios chiriguanos, y así se fueron a Pocona y a Pocco". Esta última zona es la actual Pojo. Ambos al sudeste de Cochabamba y en los limites con la selva chiriguana.

"Y fueles preguntado si saben que para el efecto que no huviese descuido en lo susodicho y lo sembrasen y cogiesen al tiempo, y para que en lo que se cogía oviese rrecaudo y no se tomase ni hurtase cosa alguna de ello, tenia el Ynga puestos mayordomos yngas, en el dicho Valle, los cuales tenian cuidado de los susodicho, y de castigar aquien hazia lo contrario; digan lo que saben, por tener como tenia aquel Valle de Cochabamba por cosa propia suya".

El testigo indio Don Alfonso Tumire respondió: "vio que pa el efecto estaban puestos por Guayna capa eneste valle de Cochabamba dos yngas sus capitanes que se llamaban el uno Topa y el otro Curimayo y éstos tenian cuydado de todos los yndios mitimaes de las tierras y de sembrar  y coger y enviar el mayz al Cuzco y ahzer lo demas quel Ynga les enviaban mandar que siempre le venyan mensajeros del Ynga de los que avia de hazer y quell Ynga dezi queste valle de Cochabama era suyo todo y por suyo lo tenya".

Una vez establecido el reparto de las tierras de cultivo o "chácaras" en el nuevo territorio conquistado, dejó el Inca perfectamente organizado el funcionamiento de las nuevas comunidades, bajo dos tucuirícuc llamados: TOPA y CURIMAYO que tenían a su mando a otros curacas menores al mando de los ayllus mitimaes. A partir de esta época en el valle de Cochabamba comenzó a prosperar la agricultura con las técnicas incaicas de aterrazamiento, irrigación y el cuidado de la tierra. Se llenaron de maíz y papa las "kollcas" de Cotapachi (Quillacollo) y de allí se enviaba el producto hacia Paria (Oruro) en los rebaños de llamas de los Sipesipes, para después enviarlo al Cuzco y a otros tambos para su depósito. Con la producción del valle de Qochapampa y otros de la región, Paria, en Oruro, fue un centro importante dentro del Collasuyo. Allá se reunían y se repartían los productos y, en el gran tambo se concentraban los ejércitos a su paso hacia y desde el Cuzco, espectáculo deslumbrante si pensamos que el movimiento de tropas se contaba por miles.

Siguiendo la tradición andina de la dualidad en el liderazgo (Hanan y Urin), Topa y Curimayo fueron elegidos por el Inca de entre los hombres más sabios y justicieros de la nobleza cuzqueña. Aún cuando no era un cargo perpetuo ni hereditario, ellos se lo tomaron con la seriedad que el caso ameritaba.

En el valle de Qochapampa, hubo muchas villas de mitimaes (la mayoría ubicadas al oeste y norte de la actual ubicación de la ciudad de Cochabamba). Pero la villa incaica propiamente tal, probablemente se asentó en la zona de Incacollo (cerro del Inca), un barrio al Este y en las huertas de Cala Cala al norte de la actual ciudad. Quizás, allí tendrían sus palacios y viviendas para cuando llegaran de inspección. Allí también vivía todo el ejercito administrativo incaico encargado de administrar el valle. Por turnos, Topa y Curimayo, viajaban periódicamente por todo el territorio y se presentaban en forma sorpresiva por cualquier lugar, observándolo todo tranquilamente y enviando los informes correspondientes al Cuzco. Una vez en el lugar mostraban el hilo de la mascapaicha (la borla imperial) que el Inca les había entregado como señal de la gran autoridad que les daba.

Según las responsabilidades propias de cada parcialidad Hanan y Urin, igual que en todo el Imperio, Topa y Curimayo como gobernadores del valle de Qochapampa, tendrían las siguientes responsabilidades:
  • Supervisar la labor de los funcionarios que tenían a su cargo las divisiones administrativas, es decir a los huno-camayocs (jefe de diez mil familias), huaranga-camayocs (jefe de mil familias), pachaca-camayocs (jefe de cien familias) y chunca-camayocs (jefe de diez familias), en lo concerniente al cumplimiento de las ordenanzas religiosas y del Inca.
  • Administrar, en la provincia, el movimiento de los mitimaes, la distribución gratuita de tierras al pueblo (hatunrunas). 
  • Controlar la producción agrícola y las necesidades generales del Imperio y de los ayllus.
  • Vigilar el aprovisionamiento de los tambos, el reclutamiento de hombres para la guerra, la selección de mujeres para los acllahuasis (casa de las elegidas).
  • Recoger los tributos para remitirlos al Cuzco.
  • Asumir el papel de juez (taripa-camayoc), atendiendo quejas y demandas, e imponiendo penas. Podían incluso aplicar la pena de muerte en casos especiales.
  • Adoptar el papel de autoridad casamentera o “repartidor de mujeres” (huarmicocoq), es decir, celebrar los matrimonios.
  • Visitar las obras públicas: caminos, tambos, collcas, templos, puentes y recomendaba las medidas pertinentes para determinados trabajos.
  • En situaciones graves, como guerras y rebeliones, destituir al curaca y asumir el mando.
  • Al regresar al Cuzco presentar al Inca un minucioso informe.

Es de imaginarse que durante los casi 15 años después que duró el reinado del gran Huayna Capac al mando del Imperio Inca, Topa y Curimayo gobernaron diligentemente el valle de Qochapampa, ya que en ese periodo la producción enviada al Cuzco sirvió para la guerra contra los rebeldes Pastos del Norte del Imperio en la zona de Ecuador. La producción de maíz siguió enviándose hasta la muerte por viruela del Inca e incluso más allá, pese al cisma producido por las guerras entre sus hijos Huáscar y Atahualpa. 

Después de Huayna Capac, nunca más ningún Inca visitó este valle. Ya después de la conquista española, y mientras llegaban los primeros pobladores ibéricos en 1548, la mayoría de los mitimaes de Qochapampa habían retornado a sus lugares de origen y sólo quedaron aquellos que estaban registrados en las encomiendas de Juan Polo de Ondegardo y Rodrigo de Orellana. La producción de maíz continuó para, esta vez, alimentar al régimen colonial español.

Y qué pasó con las edificaciones y villas incas de Cochabamba?, cedieron su paso a la urbanización y hoy solo queda un recuerdo descrito en la memoria de los historiadores.

Referencias:
1.- "EL ORIGEN DE LA NOBLE VILLA DE OROPESA - LA FUNDACION DE COCHABAMBA EN 1571 POR GERONIMO OSORIO, José Macedonio Urquidi, Cochabamba, 1970.
2.- "REPARTIMIENTO DE TIERRAS POR EL INCA HUAYNA CAPAC (TESTIMONIO DE UN DOCUMENTO DE 1556)", Adolfo de Morales (Director, Archivo Histórico Municipal de Cochabamba), Ricardo Céspedes Paz., Geraldine B. de Caballero (Directora del Departamento de Arqueología), Adolfo de Morales, Departamento de Arqueología, UNIVERSIDAD MAYOR DE SAN SIMON, Cochabamba, Mayo de 1977.
3.- "YO SOY EL PRIMER POBLADOR QUE ENTRO EN ESTE VALLE - Garci Ruiz de Orellana - Origenes de la Villa de Oropesa del valle de Cochabamba 1548-1593", Rolando A. Balderrama Román, Grupo Editorial Quipus, abril 2016.
4.- http://www7.uc.cl/sw_educ/historia/conquista/parte1/html/h72.html

viernes, 20 de marzo de 2020

LA TIERRA DE LOS CANAS




Hace muchísimos años, casi 13.000, que el Clan de la Piedra Roja pasó por este inmenso valle enclavado entre las montañas de Los Andes. Le llamaron el Valle del Amanecer y se lo llevaron en sus recuerdos para cuando tuvieron que partir siguiendo las manadas de caza hacia el sur.

Seguramente hasta que el último miembro del Clan se unió a sus dioses, allá por las pampas del sur del continente, los ancianos cantaban en las noches de fogata la venturosa vida que habían llevado en este lugar y recordaban también a su líder Semeel-Jak, quien había sido el primer hombre en pisar el valle y quien los había conducido hacia ese lugar.

Después del Clan de la Piedra Roja, seguramente pasaron muchos clanes de cazadores por el valle. Pero no existe registro ni historia de ellos. Pasaron los años, y el valle continuó alimentado a quienes se asentaban en él hasta su hora de partir siguiendo las manadas, siempre hacia el sur.

Cuando pasó la última glaciación, la Revolución Neolítica iniciada en tierras lejanas fue el motor que movió a nuestros antepasados desde las cavernas hacia la civilización, a la conquista del planeta y, finalmente, al camino hacia las estrellas. En nuestro continente americano, es posible que hayan sido dos las incursiones de población que arrastraron consigo esa revolución: la primera por Bering, al norte, la más importante, antigua y la más conocida. Oleadas de grupos humanos, aprovechando el paso de hielo, llegaron al continente Americano en busca de nuevas tierras de caza. Desde hace 30.000 años se generó periódicamente el ingreso de todos los clanes cazadores que recorrieron el continente de norte a sur, ¿y por qué no? algunos pasarían por nuestro Valle del Amanecer.

Al parecer hubieron otras incursiones al continente. Aquellas que, aprovechando las corrientes  marinas desde el Oeste (hablemos de Asia), pudieron embarcarse por el gran mar hasta llegar a las costas de Sudamérica. En esas costas formaron nuevos asentamientos e incluso mantuvieron, porque no, algún circuito comercial de ida y vuelta con ese lejano continente (Ibarra Grasso, 1979). A partir de esos grupos es que –pienso- se inició la verdadera revolución neolítica en Sudamérica, fijando su centro de difusión cultural inicial en la costa para posteriormente subir hacia la sierra andina y de allí al altiplano y a las tierras bajas del otro lado.

Primero llegaron los cazadores como los del Clan de la Piedra Roja y, después de ellos, otros que portaban nuevos conocimientos. A partir de los más antiguos asentamientos conocidos en la costa oeste sudamericana, como la Cultura Valdivia en Ecuador (4.400 AC) y la civilización de Caral (3.000AC) en el Perú, es probable que aquellos clanes de cazadores que llegaron con las primeras oleadas antes del 4.000AC, fueran desplazados o absorbidos por estos nuevos grupos de migrantes que llevaban consigo algo "mágico" que transformaría su mundo: agricultura, alfarería, metalurgia, etc.

Es así que, un día cualquiera, hace algunos miles de años atrás, es posible que después de la temporada de lluvias y justo antes del invierno, llegó al Valle del Amanecer un extraño grupo de hombres y mujeres, irrumpiendo desde el otro lado de las montañas. Ellos ya no perseguían manadas. Eran extraños porque ya no vestían cueros, vestían ropa de telas tejidas, cargaban objetos de barro cocido, llevaban las manadas consigo y construían sus casas con piedra, barro, troncos y adoraban a sus dioses tutelares: El sol, la luna, la montaña.

Ellos trajeron al valle un nuevo descubrimiento: la agricultura. Descubrimiento que permitió la sobrevivencia de nuestros antepasados. Les permitió conservar y mejorar sus asentamientos, además asegurar la alimentación y el futuro de sus generaciones.

Debido al mejoramiento del clima, la existencia de los ríos y áreas cultivables, la aparición de grupos de agricultores primitivos que recorrían el continente buscando tierras, poco a poco fue reemplazando la caza por el cultivo y el pastoreo, y de ahí el nacimiento de culturas e imperios. De esta manera, el Valle del Amanecer empezó a poblarse de grupos de agricultores que se instalaron a lo largo y ancho de él.

No se sabe cuándo ni quiénes fueron los primeros agricultores en asentarse en este valle. Desde la primera llegada de los clanes de cazadores, quienes seguían el rastro de las manadas, habían pasado cerca de 8.000 años antes de poder encontrar el rastro de las tribus de agricultores asentados (3.500AC).

Con el tiempo, tres grupos lograron prevalecer en el valle: Sipisipis, Chuyes y Cotas. Cada cual con su villa y todos conviviendo en armonía. El cultivo más importante sería el maíz y en algunas zonas de altura la papa. Es probable que estos grupos comerciaran entre sí, así como con otros grupos de otros valles de la zona del continente.

Los años pasaban en este valle entre lluvias, cosechas y festividades. Mientras tanto, grandes cosas ocurrían al norte, en las alturas de la cordillera de Los Andes: una cultura megalítica que adoraba al sol se desarrollaba a orillas del gran lago (1.600AC – 1.000DC). Su influencia cultural abarcó un gran territorio y casi al final de su historia, llegó hasta el Valle del Amanecer.

Inmediatamente después de la caída de esta cultura megalítica (Tiahuanaco), un periodo de señoríos independientes de los hombres de las alturas surgió (Aymaras), y permitió que este valle sirva como alimentador de esas regiones. Caravanas de llamas llevaban maíz, coca, chicha y otros productos hacia las alturas y desde allá se traían sal, tejidos, quinua, papa, oca y otros.

Se dice que, para que un imperio se levante otro tiene que caer. Ese periodo de señoríos aymaras concluyó, hacia el 1.200DC, con el nacimiento y desarrollo de un nuevo imperio más al norte del Gran Lago, el cual abarcaría todo el territorio andino y lograría su máximo desarrollo como heredero de una cultura humana que a lo largo de los milenios, desde que llegó a la costa sudamericana, buscó dominar Los Andes. Por la lejanía, todos esos cambios llegaban al Valle del Amanecer como influjos y corrientes culturales: un tipo de cerámica, un tipo de metalurgia, tejidos y colores. Pero siempre, pase lo que pase, este Valle alimentaba a los señores de las alturas.

La Historia de la Cultura Andina, abarca un periodo de 12.000 años. Desde los primeros hombres que llegaron del norte y desde el mar, hasta la caída del Imperio Final, el cual en poco más de 300 años, se constituyó en el señor indiscutido de Sudamérica: el Imperio Inca. Esta cultura fue la cúspide de todas las culturas y civilizaciones pasadas, haciendo de Los Andes su hogar y dominio. Al final de su historia, su territorio abarcó desde el extremo norte de Sudamérica hasta una gran parte al sur. Tal vez faltó tiempo para dominar las selvas amazónicas o tal vez no quisieron hacerlo, sea como fuese, en esa época el continente era un hervidero de ciudades, agricultura, comercio, intercambios, migraciones y conquistas.

En ese escenario, un día antes de la cosecha -ese año había sido muy bueno- estos señores andinos llegaron al Valle del Amanecer desde el norte, con un gran ejército de soldados y gentes de a pie. Se detuvieron en el mismo lugar en el que hace 13 mil años lo hizo un líder cazador y, contemplando la inmensidad del feraz valle, un pensamiento pasó por sus cabezas: debemos conquistarlo.

No existen registros de alguna batalla o relatos de cómo fue conquistado este territorio, de cualquier forma, el Señor Inca se apoderó del Valle del Amanecer y debido a la cantidad de lagunas y pantanos existentes lo llamó K´ocha Pampa ó pampa de lagunas.

Junto a sus soldados estaban grupos de personas de otras tribus leales al Señor Inca, los mitimaes. Estos eran grupos de tribus leales conquistadas anteriormente, a quienes por su lealtad o por acuerdos con sus señores, se les dotaba de tierras de cultivo en las nuevas tierras conquistadas con una condición:  el envío de la producción de dichas tierras hacia la capital Q´osqo, el Ombligo del Mundo.

¿Qué pasó con los Chuyes y Cotas, originarios del Valle? Su ferocidad y su habilidad para la guerra fueron determinantes para su reubicación en un otro valle ubicado al límite sur del imperio, para defenderlo. Solo se quedaron los llameros Sipisipis que llevaban la producción a los señores de las alturas. La conquista de estos valles debió resolverse con una batalla, a un precio probablemente alto.

En K´ocha Pampa se quedaron muchas etnias que venían con el Señor Inca como mitimaes: Carangas, Kollas, Quillacas, Soras y otros. Dicen que alrededor de 14.000 personas se asentaron para beneficio del Imperio. Las mejores tierras de cultivo, las del Este, serían para el Señor Inca. Estas tierras fueron entregadas a sus mejores y más antiguos aliados cuzqueños, aquellos con los cuales habían vencido a los poderosos Chancas por la hegemonía de Los Andes. El sitio donde se asentaron se llamó Canata, la tierra de los Canas.

Al pie de la cordillera del Tunari en el Departamento de Cochabamba (Bolivia) se encuentra este valle fértil y feraz de casi 500Km2 de superficie, en su planicie se asienta la ciudad de Cochabamba. De extremo a extremo lo recorre un río torrentoso que, en aquellos tiempos, renovaba cada año la tierra, en las épocas de lluvia, abonándola para beneficio de sus pastos y bosques de sauces, molles, jacarandaes, algarrobos, khewueñas, chillijchis y khishuaras.



REVISIÓN: Camila Heredia, la Profe.

BIBLIO:
"SIN ATLÁNTIDAS NI OVNIS, LA HAZAÑA DEL HOMBRE", Dick Edgar Ibarra Grasso, Los Amigos el Libro, Cochabamba, 1984.
"REPARTIMIENTO DE TIERRAS POR EL INCA HUAYNA CAPAC" - (Testimonio de un Documento de 1556), Don Adolfo de Morales, Geraldine B. de Caballero, UNIVERSIDAD MAYOR DE SAN SIMON, Departamento de Arqueología, Cochabamba, Bolivia, Mayo de 1977.
"30.000 AÑOS DE PREHISTORIA EN BOLIVIA, Dick Edgar Ibarra Grasso, Roy Querejazu Lewis, 1986.

lunes, 9 de septiembre de 2019

KASAKIR-MAKA, EL VALLE DEL AMANECER

Ha terminado el invierno, aunque no parece, el clima ha estado muy frío la mayor parte de los días y se ha puesto muy difícil lograr calentar de noche las chozas de cuero y palos del Clan de la Piedra Roja. Ni siquiera las fogatas pudieron con este frío.

Hace muchísimos meses atrás dejaron esos valles acogedores y tuvieron que moverse hacia esta fría y seca tierra plana siguiendo las manadas de caza que, con más frecuencia, se van al sur. Semeel-Jak (Bosque Sombrío), el líder cazador ha caminado por muchos días buscando el lugar donde, en sueños, sus antepasados le dijeron que encontraría un amplio valle con agua, pasturas y las grandes manadas de caza.

Siempre en movimiento, siempre detrás de las manadas, de algo hay que vivir. Sus antepasados cruzaron el gran mar en botes de troncos y llegaron a esta tierra de montañas, después de quedarse un tiempo en la costa, estos cazadores tuvieron que moverse. Dejaron la pesca, los dioses los expulsaron de las costas del mar que los llevó allí y se tuvieron que internar en las altas montañas buscando a las manadas. Este Clan ya lleva cinco generaciones emigrando, siguiendo a las manadas y cada vez se hace más difícil porque se camina mucho entre las montañas y algunas veces cuesta respirar. 

El clan se separó de la tribu, varias generaciones atrás, allá por las tierras de la costa del gran mar, cuando se puso muy difícil vivir de la pesca. Unos se fueron al sur siguiendo la costa, otros al norte y algunos al sureste hacia las montañas, como el Clan de la Piedra Roja. Cada grupo a su modo, encontraban un lugar, lo tomaban como base, levantaban sus chozas de palos y cueros y sobrevivían cazando y recolectando frutos. Una vez que desaparecía la caza, varios años después, se levantaban las chozas y el clan seguía el rastro a donde lo llevaba el líder cazador ayudado, en sueños, por sus antepasados. Así fue desde el principio, incluso desde antes que cruzaran el gran mar.

Hace seis lunas atrás, Semeel-Jak tuvo un sueño profundo y claro, sus abuelos le señalaron hacia el sur, siguiendo la señal de cuatro estrellas ubicadas en forma de cruz en el cielo. Tres lunas después de sus sueños, cumpliendo los ritos ancestrales se despidió del Clan y partió siguiendo las estrellas. Según la costumbre cada cierto trecho dejaba marcas especiales para que le siguiera su clan, una vez que todas las cosas estuvieran listas para transportar, más o menos unos 20 días después. Un círculo por aquí, unos puntos por allá, unas rayas paralelas, unos dibujos de animales y hombres, etc, todas éstas según un significado secreto conocido únicamente la gente del Clan para realizar sus traslados. En toda su vida, que ya eran como 40 años, Semeel-Jak había hecho la travesía cuatro veces, todas con éxito logró llegar a las manadas, era un buen rastreador, además de explorador y cazador.

Semeel-Jak, era un hombre con mucha fuerza y astucia, era el líder desde hace 20 años atrás, su estatura de 1.60m lo distinguía de entre los demás hombres de su Clan, fuerte de salud, muy pocas veces había enfermado en los inviernos. Tenía los músculos bien formados producto de su vida de cazador y explorador. Ojos negros de mirada profunda y severa, largos cabellos negros. Su rostro se asemejaba un poco a los hombres australianos y otro poco a los hombres del oriente, herencia genética de sus antepasados, sin duda. Llevaba consigo unas ropas de cuero de ciervo de la tierra fría, un collar de dientes de puma, botines de media caña de cuero amarrados con nervios de una especie de caballos. Para la caza, usaba un cuchillo de piedra de dos filos atada a una mango de hueso y una lanza con piedra lasca de cuarcita tallada.

El Clan se mantenía en número de cien personas más o menos. Este invierno perdieron a tres ancianos, uno de ellos era el guardián de sus tradiciones. De los cien, un tercio formaba el grupo de cazadores y de defensa. El otro tercio las mujeres y el otro los niños y los jóvenes. Como prueba de ello, dejaban las huellas de sus manos registradas en las rocas donde enterraban a sus muertos, como cuidándolos mientras se iban de caza o se mudaban a otro lugar.

La vida cotidiana del Clan no era muy complicada, los hombres dedicados a la caza y defensa, preparaban las lanzas y cuchillos con las piedras duras que encontraban. Los niños y jóvenes, por su parte, se dedicaban a curtir las pieles. Las mujeres encargadas de la alimentación, mantener las chozas, encender el fuego, cuidar a los niños y de coser las ropas de cuero para todos, así como atender a los enfermos y ancianos. 

Cuando terminaba el invierno, las manadas despertaban y salían hacia las pasturas a comer, era tiempo de caza porque la comida en el Clan también se acababa. Lo ideal era conseguir piezas grandes de caballos de patas cortas, su carne era roja y podía ser charqueada por meses. La carne de los glyptodontes tampoco era muy mala ya que sabía a conejo, pero esto cuando encontraban algunos ya que escaseaban últimamente. En estas tierras altas aparecían manadas de ciervos parecidos a las llamas actuales, esos también servían. Las manadas no pastan cerca de las chozas y cuevas, por ello había que recorrer varios kilómetros, casi dos a tres días de viaje siguiendo su rastro. Pero lo bueno es que siempre era lo mismo y eso duraba unos buenos años, hasta que era hora de mudarse porque empezaban a escasear los animales o llegaba al lugar otro clan más grande y más fuerte.

Para que otros clanes no encontraran las manadas, los cazadores marcaban sus senderos con señales secretas indicando por dónde había agua, dónde había cierto tipo de caza, la cantidad, cuantos días había que caminar, dónde se podía refugiar, y los peligros que acechaban en el camino. Todo marcado con tintas rojas, blancas y negras en las paredes de piedra de la ruta.

Ahora, ésta travesía demoró mucho más que las otras, Semeel-Jak tuvo que caminar muy largo en esa tierra plana y fría para después descender siguiendo el curso de los ríos. Pasó muchas noches frías y solitarias al abrigo de las piedras o algunos solitarios árboles que encontraba. Muy poco tiempo podía encender fuego porque no sabía si alguien más lo podría ver. Comía unos conejos que capturaba, de mañana comía unos pedazos de charque y unas pequeñas bayas que llevaba en la bolsa. Así, llegó a varios pequeños y cortos valles, pero no le convencieron aunque ya no hacía frío por ahí, todo estaba encajonado y no había mucho espacio, se sentía como un pequeño gusano entre esos cerros. 

De pronto, y veinte días después de caminar a lo largo de una gran quebrada, siguiendo su río llegó a su destino. Una mañana con el sol casi en el cenit a sus espaldas y luego de una curva, un gran valle se abrió ante sus ojos: una anchísima planicie que abarcaba más allá de su vista. A la izquierda una gran cadena de montañas vigilaba el valle y se extendía hasta el infinito hacia el este. A su derecha, como encajonando el valle, las montañas terminaban en unos cerros bajos sin mucha vegetación. En medio del valle, un río corría a lo lejos de extremo a extremo, bosques y pastos por todo lado. Una abundancia de pequeños lagos hacia su izquierda. Desde el sur y a la izquierda muy al fondo otro río se acercaba y se unía al primero, formando en su encuentro una pequeña planicie. Una vez juntos ambos ríos se perdían en el horizonte entre las montañas a la derecha del valle. Desde la ladera de la cadena de montañas que limitaban el valle, bajaban muchísimos ríos torrenteras y se erguían unos bosques de keñuas, kisuaras, kheweñas y algarrobos que bajaban e inundaban el valle. Ahí abajo, se divisaban grupos de molles y sauces cerca de los sitios de agua. En el fondo del valle se apreciaban manadas y manadas. -Este es el lugar señalado!, pensó con mucha alegría.

Luego de observar todo el día sentado admirando su descubrimiento hizo los rituales de agradecimiento en la pequeña planicie en que llegó. Dejó la hilera de piedras dispuestas especialmente que indicaban al Clan que allí deberían acampar hasta su regreso. Calculó que recorrer el valle le tomaría unos diez días, por lo que dispuso diez piedras redondas como señal según la convención.

Tomó un camino a la izquierda siguiendo la ladera de las montañas altas hacia unos cerros vistos hacia el este en la lejanía, una vez allá subiría hasta su cima para tener una mejor vista y continuaría hacia el sur hasta llegar al final de esa cadenita de cerros que al parecer su juntaban al fondo con otra la cadena de montañas. Era un gran valle cercado por sus cuatro lados y era importante circundarlo. 

Semeel-Jak, recorrió todo el perímetro del valle, siguiendo la ladera de las montañas y cerros. Al circunvalar, tenía las montañas a la izquierda y el valle con el rio a la derecha y viceversa. Atravesó muchos ríos que bajaban al valle, algunos secos otros con algo de agua cristalina y dulce. En todo momento dejó sus marcas secretas. En algunas ocasiones bajaba hasta el rio principal, se maravilló de la cantidad de agua y pasturas que había por ahí. El primer ciervo que cazó lo hizo al tercer día de su exploración. Lo comió con mucho gusto y alegría -nos quedaremos mucho tiempo por aquí, pensó.

Aunque el valle era muy grande, efectivamente lo recorrió en los diez días planificados, pudo inventariar las manadas, los sitios de caza perfectos, los lugares a donde podrían asentarse, las lagunas, los sitios de agua dulce, y dibujó todo en un cuero que tenía del primer ciervo que cazó en ese lugar.

Pasado el tiempo, llegó el Clan al lugar marcado. Semeel-Jak, los estuvo esperando y luego de contarles su descubrimiento y, mostrarles el mapa de cuero todos vieron dibujadas las montañas y cerros que rodeaban al valle y al río que lo cruzaba. Entonces, decidieron hacer sus viviendas en el lugar de la entrada al valle, desde allí recorrerían el sendero trazado por Semeel-Jak y bajarían al valle cada vez que necesitasen cazar, pues allí estaban las manadas.

Esa noche comieron, cantaron y bailaron junto al fuego agradeciendo a sus antepasados por las señales enviadas para encontrar ese gran valle.

Un día un grupo, liderado por Taima (Choque de truenos), el segundo líder cazador, recorrió de un extremo a otro el río del valle, para conocerlo, pues éste parecía que era el poder del valle, en época seca llevaba algo de agua cristalina y servía a los animales, en tiempo de lluvia irrumpía con fuerza e inundaba todo, renovando toda la vegetación, ese era su ciclo. Lo llamaron Uni-Nashua (Río de la vida). Al gran valle lo llamaron Kasakir-Maka (Tierra del Amanecer), porque con cada amanecer, el sol lo bañaba con su luz y parecía que todo se renovaba en múltiples colores: arboles, tierra, agua, animales, cielo, nubes.

El Clan de la Piedra Roja, vivió muchos años en Kasakir-Maka, se alimentó de las manadas del valle que pastaban allí gracias al Río de la Vida, y con el tiempo tanto el valle como el río fueron sus tótems sagrados. Los tenían allí dibujados en el cuero de la primera caza de Semeel-Jak.

Al final de su tiempo, el líder cazador ahora viejo y débil, abría aquel mapa y lo miraba recordando aquel lejano día que llegó al valle. Recordaba también sus días de caza y sus días de diversión en el Río de la Vida, recordó a su mujer que partió a reunirse con los antepasados muchos años atrás y recordó también el día en que en una pelea con otro clan que llegó al valle sufrió una herida profunda en su brazo izquierdo, de la que ya no pudo curarse. Sus ojos se iluminaban cuando recordaba aquellos días en que el valle anunciaba el fin del invierno con sus árboles que reverdecían y se iluminaba de color verde vivo y flores moradas de unos árboles que habían en la planicie, los vientos desde el este que mecían los sauces a la orilla del río o los tiempos fríos en que las montañas se pintaban de blanco.

Con el tiempo, las manadas escasearon y el tiempo de moverse había llegado. Uni-Nashua seguía su ciclo de vida entre tiempo seco y tiempo de lluvias, renovaba cada año las pasturas, y los arboles reverdecían pero las manadas otra vez se dirigieron al sur. Un día de aquellos, después del tiempo de lluvias, Semeel-Jak sintió el llamado de sus antepasados, habló con Aham (El que Ríe), el nuevo jefe cazador y le transmitió toda la sabiduría según las costumbres, y dejó este valle con el ultimo rayo de sol. 

Cumpliendo los rituales, fue enterrado en la ladera de un pequeño cerro al sur, desde donde cada día se puede ver cómo se encienden los colores de Maka al amanecer y cómo se apaga la luz del valle al anochecer. Sólo lo acompañó su lanza de caza dentro de la fosa y como cuidador, el Río de la Vida a sus pies.

El Clan dejó el Valle del Amanecer tiempo después, nuevamente los antepasados se comunicaron entre sueños con Aham y le ordenaron seguir al sur, siguiendo las cuatro estrellas en forma de cruz. Con el primer rayo de sol que iluminaba el valle salió de él para siempre y diez días después salió el Clan con todas sus cosas y sus recuerdos de vida siguiendo las señales secretas. Volverían algún día? muy difícil, ellos son cazadores y van a donde los llevan las manadas. Se llevaron también el cuero del mapa de Semeel-Jak, con sus dos tótems sagrados: aquel gran valle y su rio poderoso, ambos ahora parte de su historia. Atrás quedó el primer hombre que llegó al valle, custodiando a Kasakir-Maka y a su río torrentoso de vida hasta cuando otros hombres llegaran a vivir en él.

Muchísimos años después, diríamos miles, el descubridor del Valle Semeel-Jak el primer hombre que llegó a él, fue liberado de su encierro. Las lluvias y el tiempo lo habían movido desde su entierro original y fue finalmente encontrado en un lugar que otros hombres después lo llamaron Jaihuayco (Tierra que se Inunda) a orillas del Río de la Vida. Sus restos respiraron una vez más aquel aire puro y nuevamente pudieron divisar los jacarandaes en flor como señal inequívoca de que el invierno se había terminado en aquel Valle del Amanecer.

Foto: Deyby Montenegro, 2018

Revisión y sugerencias: Camila Heredia, la profe.

Referencias: