Ha terminado el invierno, aunque no parece, el clima ha estado muy frío la mayor parte de los días y se ha puesto muy difícil lograr calentar de noche las chozas de cuero y palos del Clan de la Piedra Roja. Ni siquiera las fogatas pudieron con este frío.
Hace muchísimos meses atrás dejaron esos valles acogedores y tuvieron que moverse hacia esta fría y seca tierra plana siguiendo las manadas de caza que, con más frecuencia, se van al sur. Semeel-Jak (Bosque Sombrío), el líder cazador ha caminado por muchos días buscando el lugar donde, en sueños, sus antepasados le dijeron que encontraría un amplio valle con agua, pasturas y las grandes manadas de caza.
Siempre en movimiento, siempre detrás de las manadas, de algo hay que vivir. Sus antepasados cruzaron el gran mar en botes de troncos y llegaron a esta tierra de montañas, después de quedarse un tiempo en la costa, estos cazadores tuvieron que moverse. Dejaron la pesca, los dioses los expulsaron de las costas del mar que los llevó allí y se tuvieron que internar en las altas montañas buscando a las manadas. Este Clan ya lleva cinco generaciones emigrando, siguiendo a las manadas y cada vez se hace más difícil porque se camina mucho entre las montañas y algunas veces cuesta respirar.
El clan se separó de la tribu, varias generaciones atrás, allá por las tierras de la costa del gran mar, cuando se puso muy difícil vivir de la pesca. Unos se fueron al sur siguiendo la costa, otros al norte y algunos al sureste hacia las montañas, como el Clan de la Piedra Roja. Cada grupo a su modo, encontraban un lugar, lo tomaban como base, levantaban sus chozas de palos y cueros y sobrevivían cazando y recolectando frutos. Una vez que desaparecía la caza, varios años después, se levantaban las chozas y el clan seguía el rastro a donde lo llevaba el líder cazador ayudado, en sueños, por sus antepasados. Así fue desde el principio, incluso desde antes que cruzaran el gran mar.
Hace seis lunas atrás, Semeel-Jak tuvo un sueño profundo y claro, sus abuelos le señalaron hacia el sur, siguiendo la señal de cuatro estrellas ubicadas en forma de cruz en el cielo. Tres lunas después de sus sueños, cumpliendo los ritos ancestrales se despidió del Clan y partió siguiendo las estrellas. Según la costumbre cada cierto trecho dejaba marcas especiales para que le siguiera su clan, una vez que todas las cosas estuvieran listas para transportar, más o menos unos 20 días después. Un círculo por aquí, unos puntos por allá, unas rayas paralelas, unos dibujos de animales y hombres, etc, todas éstas según un significado secreto conocido únicamente la gente del Clan para realizar sus traslados. En toda su vida, que ya eran como 40 años, Semeel-Jak había hecho la travesía cuatro veces, todas con éxito logró llegar a las manadas, era un buen rastreador, además de explorador y cazador.
Semeel-Jak, era un hombre con mucha fuerza y astucia, era el líder desde hace 20 años atrás, su estatura de 1.60m lo distinguía de entre los demás hombres de su Clan, fuerte de salud, muy pocas veces había enfermado en los inviernos. Tenía los músculos bien formados producto de su vida de cazador y explorador. Ojos negros de mirada profunda y severa, largos cabellos negros. Su rostro se asemejaba un poco a los hombres australianos y otro poco a los hombres del oriente, herencia genética de sus antepasados, sin duda. Llevaba consigo unas ropas de cuero de ciervo de la tierra fría, un collar de dientes de puma, botines de media caña de cuero amarrados con nervios de una especie de caballos. Para la caza, usaba un cuchillo de piedra de dos filos atada a una mango de hueso y una lanza con piedra lasca de cuarcita tallada.
El Clan se mantenía en número de cien personas más o menos. Este invierno perdieron a tres ancianos, uno de ellos era el guardián de sus tradiciones. De los cien, un tercio formaba el grupo de cazadores y de defensa. El otro tercio las mujeres y el otro los niños y los jóvenes. Como prueba de ello, dejaban las huellas de sus manos registradas en las rocas donde enterraban a sus muertos, como cuidándolos mientras se iban de caza o se mudaban a otro lugar.
La vida cotidiana del Clan no era muy complicada, los hombres dedicados a la caza y defensa, preparaban las lanzas y cuchillos con las piedras duras que encontraban. Los niños y jóvenes, por su parte, se dedicaban a curtir las pieles. Las mujeres encargadas de la alimentación, mantener las chozas, encender el fuego, cuidar a los niños y de coser las ropas de cuero para todos, así como atender a los enfermos y ancianos.
Cuando terminaba el invierno, las manadas despertaban y salían hacia las pasturas a comer, era tiempo de caza porque la comida en el Clan también se acababa. Lo ideal era conseguir piezas grandes de caballos de patas cortas, su carne era roja y podía ser charqueada por meses. La carne de los glyptodontes tampoco era muy mala ya que sabía a conejo, pero esto cuando encontraban algunos ya que escaseaban últimamente. En estas tierras altas aparecían manadas de ciervos parecidos a las llamas actuales, esos también servían. Las manadas no pastan cerca de las chozas y cuevas, por ello había que recorrer varios kilómetros, casi dos a tres días de viaje siguiendo su rastro. Pero lo bueno es que siempre era lo mismo y eso duraba unos buenos años, hasta que era hora de mudarse porque empezaban a escasear los animales o llegaba al lugar otro clan más grande y más fuerte.
Para que otros clanes no encontraran las manadas, los cazadores marcaban sus senderos con señales secretas indicando por dónde había agua, dónde había cierto tipo de caza, la cantidad, cuantos días había que caminar, dónde se podía refugiar, y los peligros que acechaban en el camino. Todo marcado con tintas rojas, blancas y negras en las paredes de piedra de la ruta.
Ahora, ésta travesía demoró mucho más que las otras, Semeel-Jak tuvo que caminar muy largo en esa tierra plana y fría para después descender siguiendo el curso de los ríos. Pasó muchas noches frías y solitarias al abrigo de las piedras o algunos solitarios árboles que encontraba. Muy poco tiempo podía encender fuego porque no sabía si alguien más lo podría ver. Comía unos conejos que capturaba, de mañana comía unos pedazos de charque y unas pequeñas bayas que llevaba en la bolsa. Así, llegó a varios pequeños y cortos valles, pero no le convencieron aunque ya no hacía frío por ahí, todo estaba encajonado y no había mucho espacio, se sentía como un pequeño gusano entre esos cerros.
De pronto, y veinte días después de caminar a lo largo de una gran quebrada, siguiendo su río llegó a su destino. Una mañana con el sol casi en el cenit a sus espaldas y luego de una curva, un gran valle se abrió ante sus ojos: una anchísima planicie que abarcaba más allá de su vista. A la izquierda una gran cadena de montañas vigilaba el valle y se extendía hasta el infinito hacia el este. A su derecha, como encajonando el valle, las montañas terminaban en unos cerros bajos sin mucha vegetación. En medio del valle, un río corría a lo lejos de extremo a extremo, bosques y pastos por todo lado. Una abundancia de pequeños lagos hacia su izquierda. Desde el sur y a la izquierda muy al fondo otro río se acercaba y se unía al primero, formando en su encuentro una pequeña planicie. Una vez juntos ambos ríos se perdían en el horizonte entre las montañas a la derecha del valle. Desde la ladera de la cadena de montañas que limitaban el valle, bajaban muchísimos ríos torrenteras y se erguían unos bosques de keñuas, kisuaras, kheweñas y algarrobos que bajaban e inundaban el valle. Ahí abajo, se divisaban grupos de molles y sauces cerca de los sitios de agua. En el fondo del valle se apreciaban manadas y manadas. -Este es el lugar señalado!, pensó con mucha alegría.
Luego de observar todo el día sentado admirando su descubrimiento hizo los rituales de agradecimiento en la pequeña planicie en que llegó. Dejó la hilera de piedras dispuestas especialmente que indicaban al Clan que allí deberían acampar hasta su regreso. Calculó que recorrer el valle le tomaría unos diez días, por lo que dispuso diez piedras redondas como señal según la convención.
Tomó un camino a la izquierda siguiendo la ladera de las montañas altas hacia unos cerros vistos hacia el este en la lejanía, una vez allá subiría hasta su cima para tener una mejor vista y continuaría hacia el sur hasta llegar al final de esa cadenita de cerros que al parecer su juntaban al fondo con otra la cadena de montañas. Era un gran valle cercado por sus cuatro lados y era importante circundarlo.
Semeel-Jak, recorrió todo el perímetro del valle, siguiendo la ladera de las montañas y cerros. Al circunvalar, tenía las montañas a la izquierda y el valle con el rio a la derecha y viceversa. Atravesó muchos ríos que bajaban al valle, algunos secos otros con algo de agua cristalina y dulce. En todo momento dejó sus marcas secretas. En algunas ocasiones bajaba hasta el rio principal, se maravilló de la cantidad de agua y pasturas que había por ahí. El primer ciervo que cazó lo hizo al tercer día de su exploración. Lo comió con mucho gusto y alegría -nos quedaremos mucho tiempo por aquí, pensó.
Aunque el valle era muy grande, efectivamente lo recorrió en los diez días planificados, pudo inventariar las manadas, los sitios de caza perfectos, los lugares a donde podrían asentarse, las lagunas, los sitios de agua dulce, y dibujó todo en un cuero que tenía del primer ciervo que cazó en ese lugar.
Pasado el tiempo, llegó el Clan al lugar marcado. Semeel-Jak, los estuvo esperando y luego de contarles su descubrimiento y, mostrarles el mapa de cuero todos vieron dibujadas las montañas y cerros que rodeaban al valle y al río que lo cruzaba. Entonces, decidieron hacer sus viviendas en el lugar de la entrada al valle, desde allí recorrerían el sendero trazado por Semeel-Jak y bajarían al valle cada vez que necesitasen cazar, pues allí estaban las manadas.
Esa noche comieron, cantaron y bailaron junto al fuego agradeciendo a sus antepasados por las señales enviadas para encontrar ese gran valle.
Un día un grupo, liderado por Taima (Choque de truenos), el segundo líder cazador, recorrió de un extremo a otro el río del valle, para conocerlo, pues éste parecía que era el poder del valle, en época seca llevaba algo de agua cristalina y servía a los animales, en tiempo de lluvia irrumpía con fuerza e inundaba todo, renovando toda la vegetación, ese era su ciclo. Lo llamaron Uni-Nashua (Río de la vida). Al gran valle lo llamaron Kasakir-Maka (Tierra del Amanecer), porque con cada amanecer, el sol lo bañaba con su luz y parecía que todo se renovaba en múltiples colores: arboles, tierra, agua, animales, cielo, nubes.
El Clan de la Piedra Roja, vivió muchos años en Kasakir-Maka, se alimentó de las manadas del valle que pastaban allí gracias al Río de la Vida, y con el tiempo tanto el valle como el río fueron sus tótems sagrados. Los tenían allí dibujados en el cuero de la primera caza de Semeel-Jak.
Al final de su tiempo, el líder cazador ahora viejo y débil, abría aquel mapa y lo miraba recordando aquel lejano día que llegó al valle. Recordaba también sus días de caza y sus días de diversión en el Río de la Vida, recordó a su mujer que partió a reunirse con los antepasados muchos años atrás y recordó también el día en que en una pelea con otro clan que llegó al valle sufrió una herida profunda en su brazo izquierdo, de la que ya no pudo curarse. Sus ojos se iluminaban cuando recordaba aquellos días en que el valle anunciaba el fin del invierno con sus árboles que reverdecían y se iluminaba de color verde vivo y flores moradas de unos árboles que habían en la planicie, los vientos desde el este que mecían los sauces a la orilla del río o los tiempos fríos en que las montañas se pintaban de blanco.
Con el tiempo, las manadas escasearon y el tiempo de moverse había llegado. Uni-Nashua seguía su ciclo de vida entre tiempo seco y tiempo de lluvias, renovaba cada año las pasturas, y los arboles reverdecían pero las manadas otra vez se dirigieron al sur. Un día de aquellos, después del tiempo de lluvias, Semeel-Jak sintió el llamado de sus antepasados, habló con Aham (El que Ríe), el nuevo jefe cazador y le transmitió toda la sabiduría según las costumbres, y dejó este valle con el ultimo rayo de sol.
Cumpliendo los rituales, fue enterrado en la ladera de un pequeño cerro al sur, desde donde cada día se puede ver cómo se encienden los colores de Maka al amanecer y cómo se apaga la luz del valle al anochecer. Sólo lo acompañó su lanza de caza dentro de la fosa y como cuidador, el Río de la Vida a sus pies.
El Clan dejó el Valle del Amanecer tiempo después, nuevamente los antepasados se comunicaron entre sueños con Aham y le ordenaron seguir al sur, siguiendo las cuatro estrellas en forma de cruz. Con el primer rayo de sol que iluminaba el valle salió de él para siempre y diez días después salió el Clan con todas sus cosas y sus recuerdos de vida siguiendo las señales secretas. Volverían algún día? muy difícil, ellos son cazadores y van a donde los llevan las manadas. Se llevaron también el cuero del mapa de Semeel-Jak, con sus dos tótems sagrados: aquel gran valle y su rio poderoso, ambos ahora parte de su historia. Atrás quedó el primer hombre que llegó al valle, custodiando a Kasakir-Maka y a su río torrentoso de vida hasta cuando otros hombres llegaran a vivir en él.
Muchísimos años después, diríamos miles, el descubridor del Valle Semeel-Jak el primer hombre que llegó a él, fue liberado de su encierro. Las lluvias y el tiempo lo habían movido desde su entierro original y fue finalmente encontrado en un lugar que otros hombres después lo llamaron Jaihuayco (Tierra que se Inunda) a orillas del Río de la Vida. Sus restos respiraron una vez más aquel aire puro y nuevamente pudieron divisar los jacarandaes en flor como señal inequívoca de que el invierno se había terminado en aquel Valle del Amanecer.
Foto: Deyby Montenegro, 2018
Revisión y sugerencias: Camila Heredia, la profe.
Referencias:
https://www.lostiempos.com/actualidad/cultura/20161015/hombre-jayhuayco-seria-mas-antiguo-sudamerica



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