Hace muchísimos años, casi 13.000, que el Clan de la Piedra Roja
pasó por este inmenso valle enclavado entre las montañas de Los Andes. Le llamaron
el Valle del Amanecer y se lo llevaron en sus recuerdos para cuando tuvieron que
partir siguiendo las manadas de caza hacia el sur.
Seguramente hasta que el último miembro del Clan se unió a
sus dioses, allá por las pampas del sur del continente, los ancianos cantaban en
las noches de fogata la venturosa vida que habían llevado en este lugar y recordaban
también a su líder Semeel-Jak, quien había sido el primer hombre en pisar el valle
y quien los había conducido hacia ese lugar.
Después del Clan de la Piedra Roja, seguramente pasaron muchos
clanes de cazadores por el valle. Pero no existe registro ni historia de ellos.
Pasaron los años, y el valle continuó alimentado a quienes se asentaban en él hasta
su hora de partir siguiendo las manadas, siempre hacia el sur.
Cuando pasó la última glaciación, la Revolución Neolítica
iniciada en tierras lejanas fue el motor que movió a nuestros antepasados desde
las cavernas hacia la civilización, a la conquista del planeta y, finalmente,
al camino hacia las estrellas. En nuestro continente americano, es posible que
hayan sido dos las incursiones de población que arrastraron consigo esa
revolución: la primera por Bering, al norte, la más importante, antigua y la
más conocida. Oleadas de grupos humanos, aprovechando el paso de hielo,
llegaron al continente Americano en busca de nuevas tierras de caza. Desde hace
30.000 años se generó periódicamente el ingreso de todos los clanes cazadores
que recorrieron el continente de norte a sur, ¿y por qué no? algunos pasarían por
nuestro Valle del Amanecer.
Al parecer hubieron otras incursiones al continente. Aquellas
que, aprovechando las corrientes marinas desde el Oeste (hablemos de Asia),
pudieron embarcarse por el gran mar hasta llegar a las costas de Sudamérica. En
esas costas formaron nuevos asentamientos e incluso mantuvieron, porque no,
algún circuito comercial de ida y vuelta con ese lejano continente (Ibarra Grasso, 1979). A partir de esos
grupos es que –pienso- se inició la verdadera revolución neolítica en Sudamérica,
fijando su centro de difusión cultural inicial en la costa para posteriormente
subir hacia la sierra andina y de allí al altiplano y a las tierras bajas del
otro lado.
Primero llegaron los cazadores como los del Clan de la
Piedra Roja y, después de ellos, otros que portaban nuevos conocimientos. A
partir de los más antiguos asentamientos conocidos en la costa oeste
sudamericana, como la Cultura Valdivia en Ecuador (4.400 AC) y la civilización
de Caral (3.000AC) en el Perú, es probable que aquellos clanes de cazadores que
llegaron con las primeras oleadas antes del 4.000AC, fueran desplazados o absorbidos
por estos nuevos grupos de migrantes que llevaban consigo algo "mágico"
que transformaría su mundo: agricultura, alfarería, metalurgia, etc.
Es así que, un día cualquiera, hace algunos miles de años atrás,
es posible que después de la temporada de lluvias y justo antes del invierno, llegó
al Valle del Amanecer un extraño grupo de hombres y mujeres, irrumpiendo desde el
otro lado de las montañas. Ellos ya no perseguían manadas. Eran extraños porque
ya no vestían cueros, vestían ropa de telas tejidas, cargaban objetos de barro cocido,
llevaban las manadas consigo y construían sus casas con piedra, barro, troncos
y adoraban a sus dioses tutelares: El sol, la luna, la montaña.
Ellos trajeron al valle un nuevo descubrimiento: la
agricultura. Descubrimiento que permitió la sobrevivencia de nuestros
antepasados. Les permitió conservar y mejorar sus asentamientos, además asegurar la alimentación y el futuro de sus
generaciones.
Debido al mejoramiento del clima, la existencia de los ríos y
áreas cultivables, la aparición de grupos de agricultores primitivos que
recorrían el continente buscando tierras, poco a poco fue reemplazando la caza por
el cultivo y el pastoreo, y de ahí el nacimiento de culturas e imperios. De
esta manera, el Valle del Amanecer empezó a poblarse de grupos de agricultores
que se instalaron a lo largo y ancho de él.
No se sabe cuándo ni quiénes fueron los primeros agricultores
en asentarse en este valle. Desde la primera llegada de los clanes de
cazadores, quienes seguían el rastro de las manadas, habían pasado cerca de 8.000
años antes de poder encontrar el rastro de las tribus de agricultores asentados
(3.500AC).
Con el tiempo, tres grupos lograron prevalecer en el valle: Sipisipis,
Chuyes y Cotas. Cada cual con su villa y todos conviviendo en armonía. El
cultivo más importante sería el maíz y en algunas zonas de altura la papa. Es
probable que estos grupos comerciaran entre sí, así como con otros grupos de
otros valles de la zona del continente.
Los años pasaban en este valle entre lluvias, cosechas y festividades.
Mientras tanto, grandes cosas ocurrían al norte, en las alturas de la
cordillera de Los Andes: una cultura megalítica que adoraba al sol se
desarrollaba a orillas del gran lago (1.600AC – 1.000DC). Su influencia cultural
abarcó un gran territorio y casi al final de su historia, llegó hasta el Valle
del Amanecer.
Inmediatamente después de la caída de esta cultura megalítica
(Tiahuanaco), un periodo de señoríos independientes de los hombres de las
alturas surgió (Aymaras), y permitió que este valle sirva como alimentador de esas
regiones. Caravanas de llamas llevaban maíz, coca, chicha y otros productos
hacia las alturas y desde allá se traían sal, tejidos, quinua, papa, oca y
otros.
Se dice que, para que un imperio se levante otro tiene que
caer. Ese periodo de señoríos aymaras concluyó, hacia el 1.200DC, con el nacimiento
y desarrollo de un nuevo imperio más al norte del Gran Lago, el cual abarcaría
todo el territorio andino y lograría su máximo desarrollo como heredero de una
cultura humana que a lo largo de los milenios, desde que llegó a la costa
sudamericana, buscó dominar Los Andes. Por la lejanía, todos esos cambios
llegaban al Valle del Amanecer como influjos y corrientes culturales: un tipo de
cerámica, un tipo de metalurgia, tejidos y colores. Pero siempre, pase lo que
pase, este Valle alimentaba a los señores de las alturas.
La Historia de la Cultura Andina, abarca un periodo de
12.000 años. Desde los primeros hombres que llegaron del norte y desde el mar,
hasta la caída del Imperio Final, el cual en poco más de 300 años, se
constituyó en el señor indiscutido de Sudamérica: el Imperio Inca. Esta cultura
fue la cúspide de todas las culturas y civilizaciones pasadas, haciendo de Los
Andes su hogar y dominio. Al final de su historia, su territorio abarcó desde
el extremo norte de Sudamérica hasta una gran parte al sur. Tal vez faltó
tiempo para dominar las selvas amazónicas o tal vez no quisieron hacerlo, sea como
fuese, en esa época el continente era un hervidero de ciudades, agricultura, comercio,
intercambios, migraciones y conquistas.
En ese escenario, un día antes de la cosecha -ese año había
sido muy bueno- estos señores andinos llegaron al Valle del Amanecer desde el
norte, con un gran ejército de soldados y gentes de a pie. Se detuvieron en el
mismo lugar en el que hace 13 mil años lo hizo un líder cazador y, contemplando
la inmensidad del feraz valle, un pensamiento pasó por sus cabezas: debemos conquistarlo.
No existen registros de alguna batalla o relatos de cómo fue
conquistado este territorio, de cualquier forma, el Señor Inca se apoderó del
Valle del Amanecer y debido a la cantidad de lagunas y pantanos existentes lo
llamó K´ocha Pampa ó pampa de lagunas.
Junto a sus soldados estaban grupos de personas de otras
tribus leales al Señor Inca, los mitimaes. Estos eran grupos de tribus leales
conquistadas anteriormente, a quienes por su lealtad o por acuerdos con sus
señores, se les dotaba de tierras de cultivo en las nuevas tierras conquistadas
con una condición: el envío de la
producción de dichas tierras hacia la capital Q´osqo, el Ombligo del Mundo.
¿Qué pasó con los Chuyes y Cotas, originarios del Valle? Su
ferocidad y su habilidad para la guerra fueron determinantes para su
reubicación en un otro valle ubicado al límite sur del imperio, para
defenderlo. Solo se quedaron los llameros Sipisipis que llevaban la producción
a los señores de las alturas. La conquista de estos valles debió resolverse con
una batalla, a un precio probablemente alto.
En K´ocha Pampa se quedaron muchas etnias que venían con el
Señor Inca como mitimaes: Carangas, Kollas, Quillacas, Soras y otros. Dicen que
alrededor de 14.000 personas se asentaron para beneficio del Imperio. Las
mejores tierras de cultivo, las del Este, serían para el Señor Inca. Estas
tierras fueron entregadas a sus mejores y más antiguos aliados cuzqueños,
aquellos con los cuales habían vencido a los poderosos Chancas por la hegemonía
de Los Andes. El sitio donde se asentaron se llamó Canata, la tierra de los Canas.
Al pie de la cordillera del Tunari en el Departamento de
Cochabamba (Bolivia) se encuentra este valle fértil y feraz de casi 500Km2
de superficie, en su planicie se asienta la ciudad de Cochabamba. De extremo
a extremo lo recorre un río torrentoso que, en aquellos tiempos, renovaba cada año
la tierra, en las épocas de lluvia, abonándola para beneficio de sus pastos y bosques
de sauces, molles, jacarandaes, algarrobos, khewueñas, chillijchis y khishuaras.
BIBLIO:
"SIN ATLÁNTIDAS NI OVNIS, LA HAZAÑA DEL HOMBRE", Dick
Edgar Ibarra Grasso, Los Amigos el Libro, Cochabamba, 1984.
"REPARTIMIENTO
DE TIERRAS POR EL
INCA HUAYNA CAPAC" - (Testimonio
de un Documento de 1556), Don
Adolfo de Morales, Geraldine
B. de Caballero, UNIVERSIDAD
MAYOR DE SAN SIMON, Departamento
de Arqueología, Cochabamba,
Bolivia, Mayo de 1977.
"30.000
AÑOS DE PREHISTORIA EN
BOLIVIA, Dick Edgar Ibarra Grasso, Roy Querejazu Lewis, 1986.


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