sábado, 20 de julio de 2019

HÉVEL y QÁYIN



Ese amanecer, algo frío, fue el indicado por sus padres como el ideal para realizar los sacrificios a su dios. Aquél dios que los había expulsado de su presencia y que ahora exigía sacrificios para poder tener el chance de volver a su origen y a su vida pasada. Durante mucho tiempo estos dos hermanos habían estado aprendiendo sobre su historia familiar y sobretodo las relaciones con ese dios exigente. Como no había nadie más que conocieran donde ahora vivían, ellos se habían dedicado a las labores de mantenimiento del hogar familiar. Uno se encargó de los rebaños y el otro, más riguroso, de los cultivos. Entre ambos mantenían al hogar paternal. Pues ahora, había que procurarse con sacrificios la manutención diaria. Las historias de sus padres relataban otra forma de vida, una más fácil, más acomodada y sobretodo con más cercanía a su creador, pero eso para ellos eran solo historias pasadas.

Era primavera y eligieron ese día especial en que la duración de la noche es igual que la del día. Los dos hermanos, ya habían cumplido su mayoría de edad. Esa noche,  un agradable clima en la cueva y una leve brisa recorría todo ese pequeño valle en que se habían refugiado. Ninguno durmió. Cada cual preparó lo mejor de su trabajo y antes de que saliera el primer rayo de luz, se dirigieron a lo alto de la colina preparada con un altar de piedra. Días antes habían acopiado leña del mejor cedro que encontraron y habían llevado unos odres de agua y vino para realizar la ceremonia.

Tal vez con ese acto, podrían aplacar las iras de su dios y éste, al fin, les permitiría regresar a su jardín feraz el cual añoraban, aun cuando ellos no lo conocían.

Qáyin llevó sus mejores frutos: lechugas verdes, tomates jugosos, un saco del mejor grano de trigo dorado, uvas de grano grande y verde como los ojos de su madre, frutas del huerto: manzanas rojas, ciruelos y duraznos, higos y dátiles. En fin, toda una gran canasta de primavera. Hével, por su parte, cogió el cordero más blanco de 5 meses de edad, lo había cuidado desde que nació con el mejor pasto que encontró al lado de las huertas de su hermano y el agua más fresca y cristalina del arroyo que había cerca de la cueva donde vivían.

Al subir la colina cada cual con su ofrenda, conversaron de sus esperanzas, de sus planes futuros y de cómo ellos entendían el mundo en el que estaban, al fin y al cabo ellos eran un agricultor y un pastor, esforzados ambos y hermanos hijos de la primera pareja de humanos caídos en el planeta. No conocían a dios, pero esperaban mucho de Él.

Una vez en el altar del sacrificio, encendieron la leña, una vez hechas las brasas pusieron incienso y un denso y oloroso humo blanco ascendió rápidamente a los cielos. Con ello un tímido rayo de luz apareció en el horizonte. A continuación una brisa, fría al principio y cálida después, los envolvió y sintieron la presencia del espíritu de dios, no podía ser de otra manera. Qáyin se apresuró, puso el contenido del canasto en el fuego y rápidamente el aroma a verdura quemada inundó el lugar, fué la primera k´oa del mundo. Después dijo palabras de agradecimiento y alabanza, pero nada pasó. Una vez consumido todo fue el turno de Hével el menor. Éste subió el cordero a la piedra, con mucha habilidad cercenó el cuello y recogió la sangre en un cuenco. Luego separó el cuero, las entrañas, la cabeza y las patas. Escogió las mejores piezas de carne las puso sobre el fuego y las roció con la sangre recogida. Un parte para dios y otra parte para la tierra, así siempre debe ser. Un humo negro y olor a carne quemada inundó el lugar. Fue en realidad algo más hediondo que las lechugas quemadas. Hével pronunció las palabras secretas e inmediatamente que el humo de carne y sangre quemadas fue sentido por el espíritu de dios, cesó la brisa y una sensación de agrado inundó el lugar y un sentimiento de placer y satisfacción los invadió en sus espíritus. Con ello supieron que el sacrificio del cordero y la sangre fue agradable a dios. Incluso podrían afirmar que vieron su rostro extasiado con tal entrega.



Una vez acabado todo, el lugar quedó nuevamente en silencio. Solo los dos hermanos recogiendo lo que sobró y luego bajaron colina abajo con cierta prisa por contar a sus padres que uno de los sacrificios había sido de complacencia de dios y que tal vez con eso, al menos, regresarían al paraíso. Adán, el padre, se puso feliz, los abrazó y agradeció sus sacrificios. Eva, la madre, tenía un favorito, el mayor de ellos, y no la complació mucho que sea el menor el que cayó en gracia de dios. Si bien se alegró por ambos y compartió la felicidad de su esposo, hizo una mueca imperceptible que sólo el hijo mayor pudo ver. Qáyin no comprendía porqué dios prefirió la carne y la sangre,  si el sacrificio del agricultor es mucho mayor que el del pastor. Hay que luchar contra las heladas, contra las plagas, hay que procurar riego, hay que arar la tierra con el sudor de la frente y así, y solo así, la tierra entregará sus mejores frutos. En cambio el pastor, solo tiene que llevar al rebaño a las pasturas y dejar que engorden los corderos. A lo más hay que espantar a los lobos. Todo el día tocando su flauta, es no es sacrificio.

Al día siguiente, cada uno a sus labores. Una sombra se acercó a Caín, y esta sombra le acompañó todo el día mientras aporcaba sus surcos y regaba sus huertos. Hével (“El que esta con Dios”) en cambio, aprendió una nueva tonada en su flauta mientras cuidaba su rebaño.

Pasaron los días, Qáyin no dejaba de pensar: “Sí, es verdad que nos vestimos con los cueros del ganado, también comemos las carne, pero, acaso también no disfrutamos de los frutos de la tierra?.... acaso mis padres y hermano no disfrutan de unas manazas jugosas? O unos refrescantes higos?”.

Es posible que una de esas tardes mientras retornaba al hogar, un sentimiento se haya apoderado de él, un sentimiento de sangre y carne y esa sombra que fue su compañera todos estos días le haya hecho saborear aquello que dios saboreó con la ofrenda de su hermano. –Debo preguntar a dios sobre esto, pero cómo hago para estar en su presencia?...Sí! Hay que hacer un nuevo sacrificio a dios, algo que le agrade a él -pensó. Y ésa idea, al igual que la sombra, lo acompañaron durante las próximas semanas.

El atardecer antes del día del nuevo sacrificio, Qáyin extrañamente no encontró un cordero de sacrificio. Por más que buscó en los rebaños de su hermano, no fue hallado. Frustrado y pensativo se puso a caminar y de pronto, en el camino de retorno al hogar, su hermano apareció. Era un joven medianamente robusto de proporciones agradables, pelo al viento, tez clara, de rostro afable y transparente, una barba rala y unos grandes ojos negros, risa amplia y mirada inocente. Ésa mirada que sólo la encuentras en los corderos de 5 meses de edad. Al verlo, la sombra se acercó al oído de Qáyin, y la imagen del cordero de sacrificio se puso delante sus ojos. Hével se acercó para abrazar a su hermano como tantas veces y, nada más pasó por los ojos y la mente de Qáyin. Esa noche la familia cenó sin la presencia del hermano menor. Adán y Eva lo buscaron por todo lado y no encontraron rastro alguno.

Ese amanecer no fue como los demás, un horizonte rojo apareció allá donde la tierra termina. Mientras Adán y Eva seguían buscando por todo lado, Qáyin les dijo que haría un sacrificio a dios para que retornara su hermano. Subió al altar de sacrificios, encendió la fogata, hizo brasas y tiró el incienso. Nada pasó, sólo Qáyin y la sombra que no lo dejaba en paz. El campesino sacó al cordero de la bolsa, en realidad solo era un bulto envuelto en cuero de oveja blanca. No se movía. Lo puso sobre la piedra e hizo todo el ritual que semanas atrás hiciera Hével. Luego de degollar y descuartizar, puso las partes carnosas en la brasa y las roció de la sangre recogida en un cuenco. Una parte para los cielos y otra para la tierra como debe ser. Nuevamente el humo negro y hediondo ascendió a los cielos mientras Qáyin pronunciaba las palabras secretas. Nuevamente la presencia de dios solazado en el sacrificio inundó el lugar. Qáyin extasiado pero con lágrimas en los ojos preguntó: “Porque Señor?..... Sólo la carne y sangre derramadas en tu nombre son agradables para ti?”. Una voz en medio de tanto éxtasis se hizo escuchar: “Uds. son mi rebaño y yo soy el Pastor, yo los guiaré por praderas imperecederas, pero siempre exigiré un cordero de sacrificio a cambio, aquél que sea el mejor cordero del rebaño deberá derramar su sangre para mi complacencia”. La voz cesó, dios se fue satisfecho y la sombra de Qáyin desapareció. Solo quedó la soledad de ese rojo amanecer en el altar del sacrificio.

Según el relato bíblico estos hermanos presentaron sus sacrificios a su dios en sus respectivos altares; al verlos, dios prefirió la ofrenda de Abel (las primicias y la grasa de sus ovejas) a la de Caín (dones de los frutos del campo), quien enloqueció de celos y mató a su hermano. Después de esto, volvió a sus cultivos. Al ser interrogado por Dios acerca del paradero de su hermano, Caín respondió ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano? Sabiendo Dios lo que había ocurrido, castigó a Caín condenándolo a vagar por la tierra, pero le colocó una marca particular para preservar su vida ante los habitantes de la tierra. En su peregrinaje Caín llegó a la tierra de Nod donde edificó la primera ciudad a la cual llamó Enoc, por el nombre de su hijo. 

-¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano, rechazará tu mano. Cuando trabajes la tierra, no te dará fruto. Vagarás eternamente sobre la tierra- Gen. 4:10-12. No fue dios el que se solazó con el sacrificio del primer cordero?, sin embargo es la tierra la que rechazará a los hombres por haber consumido la sangre de Abel. 

Una visión retrospectiva talmúdica interpreta que cuando Adán y Eva pecaron, fueron sacrificados animales, pues fue así que Dios proveyó las pieles para hacer la ropa para que los cubrió (Génesis 3:21) y puedan ellos ser echados del Jardín del Edén vestidos. Abel cumplió con los deseos de Dios generosamente, pero Caín solamente ofreció frutos obligatoriamente.

En un acto de ironía de este mito, que es parte de la cultura religiosa de un pueblo de pastores, la maldición de Dios estaba dirigida estrictamente a arrebatar a Caín el beneficio de su principal habilidad, la agricultura, no así quitarle su vida. Cuando Caín afirmó que cualquiera que lo encontrara lo mataría, Dios le respondió: 'No será así; si alguien mata a Caín, será vengado siete veces. Y Dios puso una marca en Caín para que quien quiera que se encontrase con él no lo matara y Caín salió de la presencia del Señor y habitó en la tierra de Nod, al oriente de Edén, Génesis 4:15-16.

Hace 12.000 años aproximadamente, después de la última glaciación, el clima del mundo había cambiado y con ello la sobrevivencia de la humanidad estuvo en riesgo. Sólo unos pocos habían sobrevivido al paleolítico y a la glaciación, metidos en unas cuevas y rogando a Dios por su sobrevivencia. Retirados los hielos y retornadas las pasturas, es posible que las manadas del sustento volverían a pasar por allí como siempre. Pero algo pasó. Las manadas también sufrieron la glaciación y las rutas de comida fueron alteradas. Donde había pastos aparecieron los desiertos. Donde habían valles aparecieron lagos. El mundo cambió y la humanidad perdió el jardín donde vivía.

Sin embargo, el comer el fruto del árbol del conocimiento dejó algo en el cerebro humano: el instinto de supervivencia. Aquél instinto que se desarrolla lejos de la presencia de dios, pero permite que vivamos, en este momento la carne sobre el espíritu. En aquellos momentos en que casi estuvimos a punto de perecer, de pronto como un gran Big Bang algo se encendió en nuestra mente y surgió la Revolución Neolítica. Alguien hizo caer semillas por accidente a la tierra y observó su germinación. Otros dieron de comer a algunos rebaños para que no se alejaran del hogar y así, nacieron los agricultores y pastores. Con la explosión neolítica la explosión demográfica, nuestro planeta había sido generosa con el clima, habíamos salido del Jardín de la presencia de Dios pero habíamos caído a los brazos de la Madre Tierra. Ambos, agricultores y pastores, habían convivido muchos años. Pero, una vez más la sombra de Caín bajó a la tierra y aquellas pasturas infinitas se convirtieron en ciudades y sembradíos. Las aldeas y ciudades se alejaron de la presencia de dios e impusieron a sus propios dioses. Había comida por montones en los campos de cultivo, entonces había muchas cosas por hacer mientras los cultivos crecían y se podía construir las murallas y templos cada vez más suntuosos, pues había muchos dioses a quienes agradecer. Por su parte, los pastores se quedaron sin tierras, ellos tenían un solo dios, el dios de Abel. Y así, dioses y hombres, fueron asfixiados y empujados a aquellas tierras cada vez más escasas en las que, más encima, tenían que luchar por ellas. Con las ciudades y la agricultura, que aseguraba sustento para mucha gente, nació nuestra civilización la cual lleva ya más de 12.000 años en crecimiento.

En algún momento, en alguna pastura en medio de ninguna parte y al calor de una fogata rodeada de pastores bajo las estrellas y la mirada de Dios, nació el mito. El mito de los hermanos Caín y Abel, los cuales una vez, allá en la noche de los tiempos, compartieron una misma tierra y una misma familia, vieron que uno debía ser sacrificado para que el otro pueda surgir. Con la salida de Caín de aquel valle familiar, bajo la protección de dios, se inició el largo viaje de la humanidad en el poblamiento de nuestro planeta y cuyo destino final son las estrellas o la perdición (luces y sombras).

Desde entonces, muchos corderos fueron sacrificados, su sangre y carne quemadas en hogueras de los altares ascendieron a Dios y bajaron a la Tierra, como debe ser, y todavía no podemos retornar al Jardín del Edén, del cual fuimos echados por la insensatez del primer hombre.



No hay comentarios:

Publicar un comentario