domingo, 13 de septiembre de 2020

HEROES DE COCHABAMBA

"Brilla el sol de Septiembre radiante,.... reflejando la Gloria Inmortal, del Gran Pueblo que firme y constante, fue el primero en la lucha marcial...". Así empieza el Himno a Cochabamba. Aquella canción cívica, que todos los que nacimos y vivimos en esta tierra, la cantamos en el aniversario del Alzamiento del 14 de Septiembre de 1810. En recuerdo de aquellos acontecimientos ocurridos en esta fecha, todos los años a las 7:00am las autoridades civiles y militares de la ciudad se reúnen en la Plaza Principal y realizan homenajes por la gesta patriótica acaecida hace 210 años atrás. 

Estuve tentado a relatar una biografía patriótica de don Francisco del Rivero, Coronel de Ejército y líder principal del Alzamiento; o de don Esteban Arze, Coronel del Ejército de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Podría ser la del alférez don Melchor Guzmán Quitón y sus hermanos, y también de don Juan Bautista Oquendo, y muchos más. Sin embargo, ya muchas cosas se dijeron de ellos y escribir biografías es una tarea extensa. Bueno, escribí algo en 1986 para un concurso municipal, mientras estuve cursando el 4to Medio en el Colegio La Salle de Cochabamba. Entonces, al estudiar la biografía de don Esteban Arze me llenaba de sorpresa el cómo, unos actos aparentemente pequeños al inicio y con gente como nosotros, se generó una ola devastadora que acabó con la expulsión española de América. 

Hoy, quiero que sea diferente, vamos a los hechos. Pero comprender lo que sucedió en esos días (hace 210 años atrás), no sólo los actos públicos, sino también lo que pensaban las personas, los lideres, el cómo usaron las costumbres locales y cómo al final lograron levantar a toda la población, requiere de mucho tiempo, estudio y no poca imaginación. Sin embargo, se puede empezar con imaginar, y es posible hacerlo sin mucho esfuerzo, usando como ayuda los relatos de don Nataniel Aguirre en su novela "Juan de la Rosa, memorias del último soldado de la Independencia". Allí se narran los hechos ocurridos aquél viernes 14 de septiembre de 1810 cuyo testigo presencial fue el pequeño Juan. Así, en este relato histórico o no, todos podemos revivir con nuestra imaginación aquello que se vivió en esa lejana mañana septembrina que sirvió para avivar el fuego del largo y sangriento proceso por la independencia de nuestro país.

"Al rayar el alba de aquel día, de imperecedera memoria para los hijos de Cochabamba, mi madre había salido a entregar una labor urgente en el pueblecillo de La Recoleta, dejándome todavía dormido y encomendado a los cuidados de María Francisca que, al mismo tiempo, debía encargarse de la cocina. Cuando me desperté, oí algunos tiros lejanos de fusil y de mosquete, y, un poco después toques de rebato en la elevada torre de La Matriz, contestados casi al punto de la gran campana de San Francisco y por todas las de los otros muchos campanarios de las iglesias. Me vestí precipitadamente, corrí a la puerta... qué tumulto había por el lado de la plaza! Grupos de numerosos hombres y mujeres corrían en aquella dirección, gritando: - Viva Fernando VII!, mueran los chapetones!."

Como todos los días, ese 14, la pequeña ciudad desperezaba su modorra con los primeros rayos del sol. Los jacarandaes en flor anunciaban la llegada de la primavera y tiñeron de morado la campiña cochabambina. Ya había pasado el frío invierno y las puertas y ventanas de las casas se abrían de par en par, en busca de sol y aire fresco que llega del norte, de las montañas del Tunari. Dentro las viviendas de la villa empezaba el afanoso trajín de barrer patios y habitaciones y preparar los alimentos del día. Desde las alturas se divisaban las columnas de humo de las cocinas que empezaban a calentar la comida. Como todos los días, al amanecer la gente se apresuraba por ir al mercado a comprar todas las verduras y frutas frescas que entregaba generoso el valle de Canata. Los niños cargando los puñus de barro corrían a buscar agua a las piletas públicas. Otras personas irían apresuradamente a oír misa a la iglesia, más de uno se alistaría para ir a revisar sus cosechas, otros se dispondrían a arreglar sus carretas para viajar a otra provincia. Tal vez, y porque no, algunos se estarían recogiendo de una larga noche de chichería. Los patricios criollos y españoles avecindados en Cochabamba se alistarían para ir al Cabildo a anoticiarse de lo que sucedía en las colonias y en la península con Napoleón y Fernando VII. El Gobernador Intendente Gonzales de Prada, vestido de uniforme militar se dirige al regimiento a pasar la revista diaria. En fin, un día más en la vida apacible y tranquila de la Noble Villa de Oropesa.

Pero, esta vez había algo diferente. Septiembre es época de vientos renovadores en el valle, y esa mañana un nuevo aire llegaba desde las montañas. La noche que precedió a aquel día fue más activa que de costumbre. Algunos cochabambinos no durmieron, sino se ocuparon de tocar puertas con un tipo de señal secreta y de hacer reuniones organizando lo que habría de suceder en la mañana. Recorriendo las calles ocultos en las sombras de la ciudad, de un lado para otro entregaban mensajes. Es posible también que, aprovechando la oscuridad de la noche, varios jinetes desconocidos hayan partido rápidamente llevando esos mensajes cifrados hacia las otras villa de esta región: "Será hoy...". Más de uno estaría nervioso, otros rezarían con sus familias pidiendo protección a Dios. Algunos enviarían, sigilosos, a sus familias a las haciendas afuera de la ciudad. Todos éstos, muy pronto serán los Héroes de Cochabamba. Al final, como todo en la vida, a ambos grupos los reunirá el amanecer del 14 de septiembre de 1810. 


Vestidos con su mejor traje, empuñando alguna espada familiar y montados en sus caballos, con las primeras luces del día, según lo acordado, los héroes cochabambinos salieron gritando por las calles, llamando a la gente a la rebelión. Como en coordinado plan, los mercados dejaron de vender sus productos y las mujeres del pueblo se arremolinaron en la plaza, los herreros dejaron de fundir rejas y arados, sacaron desde lo más escondido de sus fraguas sus preparados moldes de puntas lanceoladas y empezaron a fundir las armas de la libertad. Los niños dejaron sus cántaros en las fuentes y engrosaron la tropa del pueblo en la Plaza de Armas. Desde el sur de la ciudad, desde el camino del valle de Cliza, una tropa de 1000 hombres invadió las calles de la Villa, rumbo al cuartel del regimiento español. Venían de todas partes: de Caraza, de Queru Queru, de Sacaba, de Quillacollo. Toda la gente de la villa, reunida a las puertas del Cabildo, reclamando las armas del regimiento, la cabeza del Alcalde y del Gobernador españoles.

Son las 6:30 o 7:00 de la mañana, ante el ruido en la calle, Juanito sale intempestivamente rumbo a la plaza: "Llegamos  a la esquina de la Matriz. La multitud llenaba ya casi toda la plaza y seguía fluyendo por todas las calles; formaba oleadas, corrientes, remolinos notándose solamente alguna fijeza en las columnas de milicianos y de una extraña tropa, a pie y a caballo, de robustos y colosales campesinos del valle de Cliza. Los infantes de esta tropa tenían monteras de cuero más o menos bordadas de lentejuelas, los ponchos terciados sobre el hombro izquierdo, arremangados los calzones y calzados los pies de ojotas. Pocos fusiles y mosquetes brillaban al sol entre sus filas, siendo la generalidad de sus armas, hondas y gruesos garrotes llamados macanas. Un grupo bullicioso de mujeres de la recova discurría por allí repartiéndoles, además, cuchillos, dagas y machetes que ellos se apresuraban a arrebatarles de las manos. Los jinetes mejor vestidos y equipados, muchos con sombreros blancos y amarillos de fina lana, ponchos de colores vistosos, polainas, rusos y espuelas, cabalgaban yeguas, rocines y jacos, armados muy pocos de lanza o sable y la mayor parte de grandes palos con cuchillos afianzados de cualquier modo en la punta... A su cabeza se distinguía un grupo numeroso de hacendados criollos, en hermosos y relucientes potros que lucían arneses con profundos enchapados de plata. Comandaban las tropas don Esteban Arze y el joven don Melchor Guzmán Quitón.” El Alzamiento de Cochabamba había empezado.

Ocurre que en esos años de 1809 y 1810 en el Reino de España, el Rey Fernando VII había abdicado su trono en favor de José Bonaparte, hermano de Napoleón. Este último, en su afán de construir un gran imperio en Europa había invadido la península ibérica, obligando a los monarcas españoles a irse para su casa. Obviamente se organizó allá una guerra y, aquí en las "colonias", la situación no era tan diferente. Aquel hecho había sido el detonante para el levantamiento de aquellos criollos que ya se habían colmado de los abusos peninsulares: los altos impuestos reales, la corrupción de los oidores y oficiales reales, los monopolios comerciales que impedían el desarrollo económico de estas regiones, y todo aquello que convertía a estos señores nacidos en estas tierras en ciudadanos de segunda clase. Aunque tal vez por allí algunos iban sinceramente a favor de los indígenas (considerados ciudadanos de tercera clase), lo cierto es que en aquellos años el vaso colonial había rebalsado. "La independencia de las colonias americanas en general, debe ser apreciada en su real magnitud como un capitulo de lucha a escala universal  por los derechos humanos, la justicia social y la construcción de la modernidad" (Pablo Guadarrama Gonzales, Cuba 2010). Vaya capítulo de lucha, tan largo que ha durado más de 200 años, y aun contando.

Sumado a lo mencionado, debemos tener en cuenta que: la igualdad y los derechos, el libre pensamiento y la libertad de autodeterminación se convirtieron en un terrible flagelo de tiranías y dictaduras. Aquellos criollos habían tenido oportunidad de estudiar en las universidades europeas e influidos por aquellos pensadores y filósofos de la Ilustración Europea, no tardaron en hacer suyas esas ideas y, a partir de ellas, iniciar la corriente independentista americana. El "Contrato Social" de Rousseau, viajaba por estas tierras con tapas de devocionarios de San Basilio. Para qué negar, jugaron bien sus cartas, aprovechando la oportunidad política del reino, seguramente se comunicaban en secreto entre todos y hacían circular pasquines, proclamas y libros de libertad en la oscuridad de la noche y dentro de las bolsas de maíz y papa y productos comerciales. 

Estratégicamente y al principio, como buenos ciudadanos españoles se rechazaron a los franceses pidiendo el retorno del rey Fernando VII a su trono. Una vez consolidados los movimientos de insurrección, y puestas las fichas en el tablero, la libertad y la independencia fueron las banderas que se enarbolaron en todos los campos de batalla. A decir de Fray Justo al pequeño Juan, un día después del alzamiento: "En cada uno de los centros de población de estos vastísimos  dominios, hay ya un pequeño grupo  de hombres que así lo han resuelto y lo conseguirán. Hoy no los comprende todavía la multitud, y se sirven por eso de algún pretexto, para arrastrar a aquella a un fin gloriosísimo, de un modo que no choque a ideas inveteradas en la larga noche de tres siglos. ...Esos vivas que oyes a Fernando VII están diciendo a los oídos  de la mayor parte de los hombres del cabildo: ¡Abajo el Rey! ¡Arriba el pueblo!".

Creo que así fue como se armó toda esta historia: de pronto una idea de libertad surgió en la mente de alguien, la cual fue comunicada a oscuras a otros como él, pronto armaron grupos y, en alguna madrugada concertada, ya estaban levantando armas, palos y gentes en las plazas de cada pueblo. Con meses de diferencia, al terminar el año 1810, todas las colonias españolas en este continente se habían sublevado. 

El primer levantamiento americano fue el 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca, la antorcha quedó encendida por Murillo en La Paz el 16 de julio de ese año. Quito el 10 de agosto de 1809. Les siguieron Caracas en abril de 1810,  Buenos Aires en mayo de 1810 y Bogotá en julio de 1810. "La cadena de vil servidumbre, Cochabamba esforzada rompió" ese viernes de septiembre de 1810. México se alzó a gritos el 16 de septiembre de 1810, Santiago del Nuevo Extremo el 18 de septiembre de ese año. Para diciembre de 1810, la llama de la Libertad incendió toda América y poco a poco, aunque con mucho sacrificio de sangre y recursos, los países ganaron su libertad. Bolivia sufrió el más largo enfrentamiento y 15 años después del grito de Chuquisaca, logró la independencia definitiva de España. 

Hasta nuestros días, 210 años han pasado desde las guerras por la independencia, pero aún queda escurridiza nuestra libertad total y completa: "El hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado" (J.J. Rousseau, 1762). En estos días más que nunca, parece que toca a nosotros romper definitivamente las cadenas que aún atan nuestro espíritu y mente a esa imperecedera Oscuridad que nos acosa desde el inicio de los tiempos. Pero, esta vez tenemos un arma, el ejemplo de los bravos y valerosos de septiembre de 1810. Hoy, nuestros esfuerzos deben concentrarse en buscar aquellos ideales que inspiraron a miles de hombres a alzar sus voces al cielo, resonando en un solo grito aquella esquiva palabra: Libertad. Aquella por la que nuestros héroes derramaron su sangre y vencieron sin temor al enemigo. Esos ideales, habrá que nuevamente ponerlos en nuestros estandartes para vencer definitivamente a esa Oscuridad que hasta ahora no nos quiere soltar.

"Hoy 14 de septiembre, Cochabamba está haciendo los que ves, y lo hace con tal resolución y nobleza que parece asegurar un triunfo definitivo". 

Este mes de libertad, es cuando los jacarandaes florecen, y tiñen de morado las calles y parques de la ciudad de Cochabamba. Ese manto morado es señal primaveral de que el tiempo de frío ya se fue.


Referencias: ("Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia", novela escrita por Nataniel Aguirre en 1885. Aunque alguien dijo lo contrario, no importa nada más que su contenido).

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